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Lugar: La Falda, Córdoba, Argentina

El titular ha superado los 25 años en la actividad periodística, habiendo participado de los medios gráficos de la región, ha sido director de medios radiales y ha hecho televisión, fue corresponsal de La Voz del Interior.

sábado, 13 de septiembre de 2014

La Poesía, un bordado de palabras

Por Alberto E. Moro

La poesía está en riesgo por el facilismo imperante, supuestamente “democratizador”

La poesía es una excelsa forma de expresión que puede decirlo todo o no decir nada. Posee en su forma y concepción un maravilloso poder de síntesis para quien tiene algo para decir, pero también contiene el germen de lo insustancial para quien lo intenta sin esa premisa. Al margen de su construcción está su contenido. En cuanto a lo primero, con el abandono de las reglas y la métrica se han perdido en parte las características que la diferenciaban de la prosa. Como no cabe duda de que en la prosa muchas veces se esconde la gran poesía, es necesario decir que no basta con escalonar los renglones para alcanzar esa calificación. Quizás se trate, en el fondo, de lo que afirmó Borges en alguna oportunidad: “La poesía es buena, o no es nada”.
Como en toda lectura, pero aún más en la de la poesía, cada lector es un oficiante que interpreta según su propio sentir, cultura y sensibilidad; en cierto modo recrea lo escrito pasándolo por el tamiz de su propia personalidad, con todo lo que alberga su subconsciente.
A pesar de que toda mi vida he tratado de ser un obrero de la pluma, jamás me he atrevido a titularme poeta, como mucho hacen con extraordinaria facilidad sin tomar recaudo alguno. No obstante, no me he privado de incursionar modestamente en ese género sin otra pretensión que la meramente recreativa y auto-educativa. El facilismo atrapa.
En mi condición de lector multilingüe, me he sorprendido a veces en esas febriles noches de insomnio, con la aparición de imágenes mentales pretendidamente poéticas, en otros lenguajes que no son los de uso cotidiano. Así fue mi exiguo poema, no sé si bueno o malo pero definitorio de mi personalidad, “Je suis”, que se presentó en francés, con perdón de Paul Verlaine. Y así me ha sucedido ahora al titular este escrito, cuando el idioma italiano se disparó en mi mente inspirando esta frase: La poesía é un ricamato di parole, cuya traducción no pierde significado al traducirla al español. En verdad la poesía, cuando es buena, es un delicadísimo bordado de palabras.
Un bordado de palabras que en estos tiempos de “facilitación” ha sufrido algunas modificaciones esenciales a las que ya hemos aludido, en las que el abandono de la métrica y todas sus riquísimas variantes hace que cualquiera pueda intentarla y aún sentirse poeta sin tener en cuenta los exquisitos recaudos que antes eran necesarios para escribir en verso, es decir, con rima y número de sílabas predeterminado, lo cual no era para cualquiera. Antes se requería un sentido musical de las palabras y un amplio vocabulario o, lo que es lo mismo, un exquisito manejo del lenguaje. A la carencia de estas cualidades me refiero cuando utilizo la palabra “cualquiera”, pues de ningún modo la estoy esgrimiendo en sus connotaciones despectivas hacia la calidad humana de las personas. Dicho de otro modo, el argumento es que hoy no es necesaria una preparación literaria y cultural especial para hacer una poesía de menor calidad en nombre de una pretendida “democratización” generalizada que se aplica en todos los ámbitos, y que en realidad es la inveterada costumbre demagógica de nivelar hacia abajo. La verdadera poesía está en riesgo por el facilismo imperante, supuestamente “democratizador”.
Ahora, alguien que tenga un vocabulario limitado a 200 palabras –algo bastante común hoy- que son las que usa todos los días coloquialmente, puede hacer versos, si por verso se entiende la distribución coreográfica de las palabras sobre el papel. Según se observa, hay varias posibilidades para esta distribución de frases. Están las que yo definiría como “perfil de ciudad verticalizado”, en las que si usted le da un cuarto de giro a la hoja hacia la izquierda, verá el conjunto del texto como el perfil de un ciudad con sus rascacielos, sus casas, bajas y sus edificios de mediana altura, debido a la muy diferente longitud de los párrafos. También verá a los versos claramente “escalonados”, con el corrimiento progresivo del inicio de cada verso, como si se tratara de una escalera descendente. Otros, se verán “centralizados”, con una alineación semejante a la que usted lograría con cualquier escrito apretando la tecla que centra los textos sin importar la longitud de cada línea. Y todas las variantes que se le ocurran y que son posibles coreografiando sobre la hoja de papel. No digo que esto no se pueda o no se deba hacer. Lo que digo es que eso no tiene nada que ver con la esencia de la literatura ni de la poesía. Al quitarles la métrica a los poemas, se les ha quitado la música. Esa fina música de las palabras que ha hecho que las grandes creaciones del género se grabaran a fuego en nuestra memoria.
Este facilismo supuestamente democratizador ha hecho estragos también en otras artes. Entre ellas las artes plásticas y la pintura en particular. Es frecuente ver hoy supuestas obras de arte a las que nada tiene que envidiar un niño que dibuja en los primeros años de la escuela, y que delatan el primitivismo técnico y la orfandad de ideas de sus autores. Hay óleos y acrílicos en los que la figura humana grotesca y sin rostro delata la ausencia total de destreza en el dibujo. No falta quien lo justifica alegando que cosas similares hacía Picasso, pero olvidando que antes de llegar a esa síntesis el genial cubista malagueño demostró ser un gran artista con miles de obras elaboradas que aún perduran.
Claramente, antes de ser estigmatizado con la palabra “elitista”, declaro que no me parece mal alentar la democracia en lo político y en lo social; sólo estoy observando que ello, en el campo de la poesía y la literatura, y aún el arte en general, va en desmedro de la calidad. Si por democracia se entiende nivelar para abajo. He visto como, gentes con escaso vocabulario y groseros errores de ortografía, presumen de ser poetas, dado que la PC donde escriben les marca y les corrige las reveladoras faltas de sintaxis (1). Sin embargo puede haber, y la hay, calidad y vuelo poético aún en poemas “desestructurados”, para utilizar una palabra de moda.
En este afán deconstructivo, por no decir destructivo, del post-modernismo, traigo a colación las reveladoras palabras de un español “pensador” de lo contemporáneo (2) que sobre ese tema escribe, quien usando malamente algún concepto del antropólogo francés Marc Augé llega a decir textualmente: “La poesía también se ha convertido en un no-lugar: las palabras ya no se agrupan para decirnos algo, para trasmitirnos un mensaje, sino que la búsqueda irá dirigida, sobre todo, al cuerpo del lenguaje de la poesía, a la sustancia misma del lenguaje, podríamos decir, al puro letrismo, en el que las letras se dispersan y se reagrupan por la página en blanco, en su valor matérico. El corte ya no es la métrica o la falta de ella, sino la arbitrariedad de la letra, su valor visual. O, como en el caso de algunos poemas que podríamos denominar fonéticos, dinamitar la coherencia de las palabras: sólo tienen valor sonoro.”
¡Horrible! La palabra “dinamitar”, que emplea al final del párrafo es impactante y reveladoras de las subyacentes intenciones revisionistas a ultranza, tan comunes en los falsamente idealizados revolucionarios de todos los tiempos, que tienen muy claro lo que hay que destruir, pero no poseen en cambio, la más mínima idea de con qué se reemplazará eficazmente el orden pre-existente. Esto me trae reminiscencias de los postulados de los anacrónicos seguidores modernos de Antonio Gramsci (1891-1937), fundador del Partido Comunista Italiano, para quienes “destruyendo se construye”. De dinamitar se trata, precisamente, destruyendo el orden social y cultural existente. Algo así estamos viviendo en la Argentina de hoy, en la cual “vamos por todo” haciendo añicos a un gran país, sin que nadie se haga responsable de decir hacia dónde vamos.

(1) Según Wikipedia: La sintaxis es la parte de la gramática que estudia las reglas y principios que gobiernan la combinatoria de constituyentes sintácticos y la formación de unidades superiores a estos, como los sintagmas y oraciones gramaticales. La sintaxis, por tanto, estudia las formas en que se combinan las palabras, así como las relaciones sintagmáticas y paradigmáticas existentes entre ellas.
(2) Alberto Caballero, Barcelona, febrero de 2013.

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