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Lugar: La Falda, Córdoba, Argentina

El titular ha superado los 25 años en la actividad periodística, habiendo participado de los medios gráficos de la región, ha sido director de medios radiales y ha hecho televisión, fue corresponsal de La Voz del Interior.

viernes, 1 de agosto de 2014

EL NEGRO PANTERA

Por Alfredo Ferrarassi

Corrían los mediados de la década del sesenta, los veranos en La Falda tenían un encanto diferente que le daba el glamur que la sociedad tenía en ese entonces. Los veraneantes venían por un mes como mínimo, dándose todos los gustos, el turismo gasolero era algo inimaginable y quienes vivamos en el centro por tardes salíamos a dar la famosa “vuelta por la Avenida”, en la que no dejábamos chicas sin mirar, porque el levante era para nosotros la actividad principal en nuestras vidas, después de los partidos domingueros del cuadro preferido se entiende.
Las chicas locales “eran para el invierno”, medio de entrecasa como quien dice y si alguno se ponía de novio para las vacaciones y salía con ella, no dejaba de asombrarnos, ya que estaba perdiendo la temporada con todo su encanto y la variedad infinita de posibilidades que había de pescar algo por más maleta que fueras en esas lides.
La Avenida era doble mano, así que si no la veías de subida, la veías de bajada, de una u otra manera siempre tenías una chance más de poder mirarla y averiguar quién era y de donde habían llegado, hasta cuando se quedaban y si paraban en casa u hotel. En fin, un prontuario completo de quien nos ocupaba en aquel tiempo, que nos parecía eterno y estaba lleno de felicidad, la cual no tenía límites .
La otra calle que tenía su encanto y distinción era la Paraná, relativamente corta, ya que ocupaba una cuadra pero en su vereda este existían comercios de prestigio que marcaban la diferencia. El Club Confecciones, el Okey, una confitería con amplio patio cervecero que de noche se llenaba, después se puso el Chivito Dorado al fondo, una parrilla que en sus comienzos tuvo su propio brillo.
De la vereda oeste la cosa era distinta, en la esquina norte estaba un clásico faldense El Baratillo una tienda en nada era lujosa, pero si más que accesible con sus precios y cuentas corrientes, esa vereda popular terminaba en una pizzería, Gorosito, que hacía unas de molde recomendables, solo que esa cuadra no era frecuentada por la opulenta clase media y alta de La Falda. Al lado, como si fuera el límite del paralelo 38 tan de boga en aquellos años, estaba la Joyería Klapier y allí la cosa cambiaba, puesto que en la esquina estaba la casona de Meirovich y algún atrevido se animaba a sentarse en su verja con caños, eso si la esquina era por demás concurrida y servía aunque al revés físicamente como un mirador de lo que pasaba en la Avenida, por lo tanto quienes bajaban por 25 de Mayo, entonces era el tráfico era invertido respecto a ahora, tomaba la citada Paraná, entonces entre quienes subían desde “lo Mogni” y los que venían por ésta daban lugar a un embotellamiento de tráfico y los bocinazos para hacerse un lugar entre los bajaban y los que quería subir.
En la tardes nos instalábamos con Casal (Juan Manuel) en la esquina a contemplar los embrollos que se hacían, aunque debemos destacar que la gente tenía o más paciencia o más educación, con esto no queremos decir que no se enojaran, pero siempre, absolutamente siempre, se guardaban las apariencias de una convivencia “civilizada “como se decía por aquellos años.
En esas “expediciones de observación y cateo” como decía mi tío Serrano, se intentaron con los famosos zorros grises, acá simplemente eran Inspectores Municipales de Transito y la verdad era que algún comedido tenía que terminar dándoles una mano porque era literalmente peor el remedio que la enfermedad.
Una tarde apareció un policía morocho con un uniforme ente raído y corto, a dirigir aquel insoluble nudo automovilístico de todas las tardes. A decir verdad verle por primera vez con un pantalón que terminaba arriba de los talones y un campera cuyas mangas no llegaban a la muñeca, nos hizo acordar, vaya a saber porque, al famoso “Cabo Tijereta” aquel que corría los caballos en bicicleta en la Plaza de Villa Allende y que inmortalizó el Chango Rodríguez en “Pateando sapos”.
El agente en cuestión, cuando uno podía salir de esa primera imagen surrealista, era de una persona de pocas pulgas, dispuesta a hacerse valer y vaya si lo hizo. Estimamos que consciente del papel que le tocaba y sintiendo la responsabilidad otorgada como un verdadero desafío personal, desde la primera tarde se adueñó de la esquina imponiendo orden.
Con el silbato en la mano, una gorra de policía calzada hasta las orejas, se paró, miró para todos lados y empezó a poner orden. Con una mano frenaba el paso y con otra hacia señas dando lugar a que una mano pudiera circular. Al verlo más de automovilista de la “capi” habrá pensado…”este es un chuncano” y se proponían transgredir sus órdenes, allí hacía sonar el pito y con la cara mejor de malo los hacía retroceder si era necesario.
Nosotros le observábamos y pasamos a ser los seguidores de tan importante personaje. Nadie sabía cómo se llamaba y menos de donde había salido. Tiempo después supimos era de Valle Hermoso, pero nada más que eso, ya que estaba tan absorto en su tarea que nada lo distraía de ella. También en aquellos años la figura del vigilante de la esquina ocupaba un lugar importante socialmente, de tal manera que si sumamos esto más su “cara de malo”, no era cuestión de andar haciéndose el gracioso.
Lo cierto es que desde el primer día en que empezó dirigir el transito pasábamos largas horas mirándolo imponer su autoridad de manera indiscutida y él se dio cuenta de que contaba con seguidores, por lo que se esmeraba aún más en su “actuación” diaria. En los días sucesivos, los otros amigos de nuestra edad se acercaban a ver qué era lo que hacíamos y les mostrábamos el espectáculo. En una semana ya éramos una veintena de adolescentes que antes de pasear por la avenida nos parábamos en la esquina a verle operar lo que hasta hace poco parecía imposible de que funcionara armónicamente.
Una tarde en febrero, para nuestra sorpresa, en su lugar estaba otro “director de orquesta” y ya no era igual concurrir religiosamente todas las tarde a verlo en acción, por lo cual al pasar una semana sin novedades, dimos por sentado que había sido trasladado a algún otro lugar y que no volvería.
Eso sí la esquina había sido saneada y nadie se salía del orden establecido. Pasó el verano y los años, tal vez cerca de una década, cuando por un problema familiar debimos irnos a vivir a Valle Hermoso y una tarde apareció vestido de civil aquel legendario personaje de nuestra adolescencia. Vimos que andaba levantando quiniela, la clandestina, claro está, la otra no había salido aun. A los pocos días se arrimó a ofrecernos los servicios y le recordamos cuando había sido el componedor del tránsito faldense. Nos miró como tratando de recordar las caras, pero habían pasado muchos años y los cuerpos y las caras no eran ni por asomo parecidas.
En la oportunidad le preguntamos el nombre y nos dijo –me llaman Pantera, el Negro Pantera, con eso basta-. Era un verdadero ejemplar de esa mezcla rara de genes humanos con animales, si es que alguna vez se ha intentado el entrecruzamiento de razas. Su sagacidad, su mirada perspicaz, su costumbre de estar oteando el horizonte urbano detrás de un árbol o apoyado al mismo como quien no quiere la cosa, pero por sobre todo su manera de defenderse, con una guardia más gatuna que humana, nos permitió comprender la razón de apodo.
Para otra oportunidad quedarán sus andanzas como pretendido banquero de la clandestina, como mano santa, como “influyente” puntero político, como máximo exponente de un darwinismo social que le permitía sortear situaciones adversas sin perder su garbo de temerario felino serrano.

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