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Lugar: La Falda, Córdoba, Argentina

El titular ha superado los 25 años en la actividad periodística, habiendo participado de los medios gráficos de la región, ha sido director de medios radiales y ha hecho televisión, fue corresponsal de La Voz del Interior.

sábado, 19 de julio de 2014

Cuando la Patria es el fútbol

Por Alberto E. Moro

No confundir competencia deportiva con nacionalismo, haciendo una cuestión de patria, ni permitir que lo hagan por nosotros los políticos.

Día 9 de Julio de 2014, instituido como Fecha Patria de la Nación Argentina, en horas de la mañana:
Cuando leo en los titulares de los periódicos “Catástrofe Brasileña”, “El día más triste para ser brasileño, Terremoto, Humillación Nacional”, y otras exageraciones como consecuencia de un resultado abultadamente desfavorable en un Mundial de Fútbol, y escucho que como consecuencia de ello hubo incidentes, desmanes, comercios saqueados, hechos violentos, muertes y cantidad de ómnibus quemados, no salgo de mi asombro. Y me viene in mente la sensata respuesta a la queja generalizada de un “twitero ignoto: “Ganaron cinco mundiales… ¿Qué más quieren? Déjense de embromar… ¡Es deporte nada más!”. Solo un juego, agregaría yo, y como tal tiene un componente imprevisible de azar que hace que a veces se gane y a veces se pierda, sin que eso signifique una tragedia para nadie. Salvo que haya infantilismo “popular y nacional”. Y fanatismo. También para los mexicanos y colombianos, según he leído, la eliminación ha sido una “tragedia nacional”.
Estas actitudes me recuerdan a esos niños pequeños heridos en su primitivo orgullo al perder una partida de Damas o Ajedrez, y que a consecuencia de ello reaccionan “pateando el tablero”, como suele decirse en la conversación coloquial. Infantilismo puro, tolerable pero no justificable, producto de la falta de madurez y educación propia de la edad en el niño, y de inmadurez en el adulto.
Pero cuando escucho al Presidente de una nación rioplatense decir sin pelos en la lengua que “los de la FIFA son unos viejos hijos de mil putas” porque sancionaron a uno de sus jugadores por haber mordido a un rival en el cuello, defendiendo así al violento o enfermo transgresor…, sinceramente, mi asombro continúa. Al margen de la calidad moral que puedan ostentar tales representantes del capitalismo internacional encarnado en un planeta cuyos habitantes corren todo el tiempo para bien o para mal detrás de una pelota, no parece que esa deba ser la actitud de ponderación, equilibrio y respeto que atañe a tal investidura.
Más moderada, aunque también devota del populismo, la Presidente del país organizador y más serio aspirante al título en los papeles, que quedó eliminado por una “schockeante” goleada de siete contra uno, manifestó que estaba “muy triste”, sin buscar culpables de nada, al menos por el momento. Lo cual es mucho mejor.
No creo que en los países europeos, históricamente más ancianos, se vean estos desbordes. No creo que Suiza, Inglaterra o Francia hayan sufrido tanto al ser eliminados. Son “pecho frío” según el anatema de los “hinchas” vernáculos. Quizás en Italia, cuya población tanto se parece a la nuestra, pueda haber habido algún conato de rebeldía ante la fuerza de las circunstancias del renovado “siamo fuori”.
En Argentina, nunca se han visto desde hace ya muchos años tantas banderas, escarapelas y emblemas patrios como en este Mundial de Fútbol de Brasil 2014. Y la venta publicitada con los colores celeste y blanco de los más variados artilugios, tales como ositos, bufandas, gorros, radios, televisores, teléfonos, y las mil y una pelotudeces; aprovechándose así de los símbolos de la nacionalidad y de un supuesto fervor patriótico basado en la insignificancia de una competencia deportiva. Que por más “mundial” que sea, no es más que eso y nada tiene que ver con los verdaderos valores al amparo de los cuales se constituye una nación o lo que llamamos patria.
Para que quede claro, no hago estas críticas desde afuera, que haría fácil desestimarlas, sino desde adentro. Como todos los argentinos, he jugado al fútbol y, con toda una trayectoria a cuestas en todas las proyecciones deportivas posibles, queda clarísimo que soy un hombre del deporte. Pero jamás he sido, ni seré, un fanático. Ni del deporte, ni de la política, ni de nada.

Mismo día, en horas de la tarde:
Confirmando lo antes expresado, en la ciudad de La Falda, el equipo de fútbol de Argentina acaba de consagrarse finalista para el Mundial de Brasil 2014, después de una trabajosa victoria ante la durísima selección de Holanda, que perseguía naturalmente el mismo objetivo.
Nunca, en los muchos años que llevo viviendo en esta casi bucólica ciudad, he visto tamaña concentración de personas en la Avenida Edén, la calle principal del pueblo. Miles de personas compartiendo su enorme alegría por una clasificación que llevaba 24 años de espera y frustraciones repetidas. Un estallido de euforia colectiva con profusión inigualable de banderas y ropajes con los colores celeste y blanco de nuestra enseña nacional. Pero no por ser el Día de la Patria, sino por el triunfo deportivo.
Esta vez, la explosión emocional que se está dando a todo nivel y en todo el país está plenamente justificada, pero sería deseable que cuando menos algo de esa euforia se manifestara en las celebraciones patrióticas instituidas por la Constitución de la República Argentina. También hay razones políticas para que ello no suceda en estos tiempos.
Si nuestro equipo gana el próximo partido, no quiero imaginarme las explosivas manifestaciones de alegría colectiva que se darán, cambiando por un momento el foco de la angustia, también colectiva, acerca del triste papel que está haciendo nuestra clase gobernante.

Día 12 de Julio: se dirime el tercer puesto entre Brasil y Holanda:
Ganó Holanda. Al pobre Brasil, no le quedó ni el consuelo de ser el tercero entre los cuatro finalistas.

Día 13 de Julio de 2014 – Partido final entre Argentina y Alemania:
Ganó Alemania por la mínima diferencia duramente conquistada…. Pero valoremos el honor deportivo de que nuestro equipo sea el Sub-Campeón del Mundo, un logro compartido llevado a cabo con humildad y esfuerzo. Lo que no deja de ser un ejemplo que puede ayudarnos a vislumbrar el país que deberíamos ser, si todos jugamos el mismo juego.

Conclusiones
Ya hace tiempo que estudiosos de las ciencias sociales han hablado de un desplazamiento del sentido religioso hacia “el templo” del estadio en el que se celebra una “ceremonia” cuyos “sacerdotes” u oficiantes son los jugadores y “los fieles” el público, sin que falte la “liturgia” de los cánticos, los rezos compungidos, los ademanes al unísono, las epifanías, y la catarsis final en la cual también se eleva una copa caliciforme.
También se ha escrito y se está estudiando acerca del fenómeno moderno conocido como “la sociedad del espectáculo”, en la que no solo el deporte sino otras manifestaciones de la cultura global movilizan multitudes mientras, como siempre, negocios gigantescos y no pocas veces escandalosos se gestan al calor del fervor popular.
Y como no podía ser de otra manera, la baja institucionalidad y falta de respeto a la Ley de muchos países y en especial del nuestro, hace que muchos gobernantes oportunistas e inescrupulosos hagan uso y abuso de los éxitos deportivos adjudicándolos a sus verbosos e ineficientes mandatos. Ha ocurrido antes, y está ocurriendo ahora.
Finalizo haciendo votos para que la evolución natural del pensamiento colectivo lleve a la mayoría de las personas a descubrir que el juego deportivo no es más que “un juego” en el que todos pueden participar disfrutando de sus alternativas, como preconizaba Pierre de Coubertin, fundador del Olimpismo moderno, y no una guerra (sublimada, pero guerra al fin) en la cual hay que aniquilar al adversario de palabra o de hecho. Con insultos, o con patadas en este caso particular del fútbol. Y donde la alegría y los honores, en lugar de ser compartidos, son solo para uno: el vencedor, como sucedía en la antigua Grecia hace miles de años.
No confundir competencia deportiva con nacionalismo, haciendo una cuestión de patria, ni permitir que lo hagan por nosotros los políticos que nos representan. El patriotismo fingido suele ser el último refugio de los canallas. Aunque haya ganado Alemania. Aunque haya ganado Alemania. Ya sabemos a qué abismales horrores nos llevó el Deutsches uber alles en ese país, y en otros con consignas similares de los que quieren ir por todo.





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