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Lugar: La Falda, Córdoba, Argentina

El titular ha superado los 25 años en la actividad periodística, habiendo participado de los medios gráficos de la región, ha sido director de medios radiales y ha hecho televisión, fue corresponsal de La Voz del Interior.

jueves, 13 de marzo de 2014

Estamos viviendo la zozobra de una revolución mundial


Por Alberto E. Moro

Esta ebullición mundial, con toda la sangre, sudor y lágrimas que provoca y provocará, puede ser vista sin embargo, desde la óptica desapasionada de las ciencias sociales, como un signo positivo de que se avecinan grandes cambios.

Hoy nadie “baja línea” tranquilamente “desde arriba”, y la información se difunde instantáneamente, ilustrada, en movimiento y en color, en grandes redes de comunicación horizontal que cubren todo el planeta. Hoy todos “ven” y no pueden ser engañados acerca de lo que ocurre tanto en su entorno como en el resto del mundo.
Hoy se sabe o se intuye que toda acumulación de dinero excesiva individual o grupal se ha construido con la esclavitud explícita o encubierta del prójimo, o con el robo simple y descarado. Y hay millones que viven en una pobreza obscena, pero observando, viendo, en las pantallas de televisión lo que sucede en el ahora virtual y transparente escenario mundial.
No se han dado cuenta de esto muchos gobernantes corruptos que ostentan en forma impúdica sus riquezas mal habidas a vista y paciencia de sus votantes. Pero la paciencia, todas las paciencias, tienen un límite. Percibiendo esto las masas esclavizadas, desposeídas, sin techo, trabajo, educación ni vivienda montan en cólera y en algún momento estallan acometiendo en banda contra el orden injusto que se les ha impuesto.
Y los saqueos criminales perpetrados por una suerte de horda primitiva resucitada del tenebroso pasado de la humanidad, que hemos visto aquí y en otras partes del mundo, no son solamente para procurarse comida. Es obvio que el saqueo de electrodomésticos y objetos de consumo suntuoso, responde a otras necesidades: las de igualdad en el acceso a los bienes del progreso tecnológico y a los derechos básicos que hemos mencionado.
Detrás de las explosiones sociales que se ven por doquier está la demanda de una mayor equidad y justicia. La gente percibe, sabe, aún subconscientemente, que es irracional e injusto que haya tanta desigualdad entre unos relativamente pocos individuos o grupos que acumulan cifras multi-billonarias y las grandes masas humanas que carecen de agua, alimentos, salud y servicios esenciales. Entre los que mueren obscenamente obesos en su opulencia, y los que mueren por inanición, enfermedades y guerras fratricidas. Hoy lo “ven”, y contrariamente a lo que sucedía antes de la era de los “mass media”, manifiestan su disconformidad, reclaman, y van por lo suyo.
Los “indignados” de todo el mundo, los saqueos explosivos en banda, la descascarada y mal llamada “primavera árabe”, el terrorismo faccioso, las guerras y guerrillas del medio oriente, son todas manifestaciones más o menos explícitas de ese clamor universal que, sin dudas, irá en aumento.
Este aparente caos mundial que nos aqueja es el hervor que precede a los grandes cambios sociales que se avecinan sin que podamos vislumbrar cuándo, cómo y dónde empezarán a cuajar en nuevos sistemas de convivencia más equitativos para el conjunto de la sociedad, lo cual no sucederá al mismo tiempo en todas las regiones del mundo. Es probable, casi lo aseguraría, que la instalación del cambio de paradigma comenzará en los lugares donde la población tenga mayores niveles de educación.
Nunca se insistirá suficientemente en la necesidad de elevar el nivel educativo de los pueblos. La trillada frase “Sólo la educación os hará libres” es una verdad de a puño. En los tiempos que corren, el no educado es como un ciego, no ve con claridad lo que sucede en el complejo mundo moderno, y es susceptible de ser manipulado por la oratoria y la demagogia de gobernantes inescrupulosos, también ellos víctimas y consecuencia de una educación relativamente insuficiente, sobre todo en lo ético y moral.
Una federación internacional de 17 organizaciones diferentes que trabaja conjuntamente en 92 países con el objetivo de construir un futuro libre del flagelo de la pobreza (Oxfam), acaba de informar que las 85 personas más ricas del planeta aunadas poseen una cantidad de dinero equivalente a la que poseen los 3.500.000.000 (Tres mil quinientos millones) de las personas más pobres del mundo. Esto es y será escandaloso, mientras no se revierta equitativamente.
Esta situación, con el predominio de lo económico sobre lo moral, en donde la corrupción campea cómodamente en las altas esferas de la gran mayoría de los países, con la evidencia substancial y objetiva de que los políticos se convierten en succionadores profesionales de la teta del Estado enriqueciéndose ilícitamente a costas del pueblo que los votó, pone en crisis a la misma Democracia como sistema. La furia de la gente, que va “in crescendo”, no augura nada bueno para el nebuloso horizonte que nos espera en el mundo entero.
¿Qué nuevas formas de convivencia nos deparará el futuro? No lo sabemos, lo que sí sabemos y estamos sufriendo es una turbulencia global de la que, esperamos, nacerá un nuevo orden mundial más equitativo, con una dirigencia más honrada y solidaria que piense en solucionar los verdaderos problemas planetarios, en lugar de robar empobreciendo a sus pueblos, como está ocurriendo en la Argentina y en muchos otros países.
El hecho social al que aludimos, dicho en otros términos, es el fenómeno observable en nuestro país y en muchísimos otros: que lo que debería ser excepcional es lo normal y natural. Sabemos que en la buena convivencia que proponen y han alcanzado los procesos civilizatorios, siempre puede haber una oveja descarriada, un deshonesto, un político que robe los dineros públicos, al que debe exonerarse de inmediato. Pero el problema se vuelve insoluble cuando todos roban, y son expulsados los honestos, como ocurre en nuestro país, donde una banda política delicuencial premeditadamente organizada por los Kirchner, hace del latrocinio su modus operandi, encubriéndose los unos a los otros para reguardar su impunidad. Pero el nuestro es solo un “modelo”, un ejemplo de lo que sucede –me atrevería a decir- en las tres cuartas partes del mundo. La explosión furibunda de quienes esto perciben a través de los medios, es una de las fuerzas desestabilizadoras más potentes que actúan en el entramado social de hoy.
En el mundo no solo hay crisis recurrentes sino también acelerados cambios políticos, económicos y sociales que están en fragorosa gestación. El sistema mundial es cuestionado, el eje económico se desplaza hacia el oriente, hay potencias que decaen y nuevos países emergentes, miles de millones de personas ingresan a una clase media cada vez más demandante de derechos y servicios. Otros cientos de miles viven refugiados fuera de sus fronteras, expulsados por las matanzas de civiles inermes. El crimen organizado crece, mata y corrompe, especialmente en países con gobiernos demagógicos, mientras que el activismo de los narcotraficantes y un terrorismo más salvaje que nunca se difunden como un reguero de pólvora.
Graves conmociones y reemplazo de paradigmas están en el horizonte tormentoso de la humanidad.
¿Qué lugar ocupará la Argentina frente a esto? ¿Qué hará frente a la demanda planetaria de alimentos, agua y energía, que son recursos abundantes y pésimamente administrados en nuestro país? ¿Nos insertaremos en el mundo global, o seguiremos tratando de ignorar los fundamentos éticos de la política, imitando ciegamente los desastrosos experimentos sociales cubanos y venezolanos?
Esta ebullición mundial, con toda la sangre, sudor y lágrimas que provoca y provocará, puede ser vista sin embargo, desde la óptica desapasionada de las ciencias sociales, como un signo positivo de que se avecinan grandes cambios en los que ciframos la esperanza de una vida mejor para los seres humanos habitantes del planeta. Y al decir se avecinan, no estamos hablando de la dimensión temporal de una vida, sino desde el sucesivo devenir de las generaciones, por lo que no podemos aventurar pronósticos futuros sin caer en la falsedad ideológica de la adivinación.


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