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Lugar: La Falda, Córdoba, Argentina

El titular ha superado los 25 años en la actividad periodística, habiendo participado de los medios gráficos de la región, ha sido director de medios radiales y ha hecho televisión, fue corresponsal de La Voz del Interior.

viernes, 9 de abril de 2010

Bicentenario

Identidad institucional indefinida

Por mucho que pretenda ilustrar al lector en los datos históricos concernientes a la fecha que se conmemora, le resultaría vano e insuficiente comparado a la abundante y reveladora información que, por estos días, se esta difundiendo a través de diversos medios y por esmeradas plumas que, por fin, logran un relato de la historia Argentina más profunda, verídica y analizada, de la que recibimos en nuestra limitada enseñanza escolar.

Pretendo sí, detenerme en algunos aspectos fragmentarios que nos emparentan con aquel lejano e inolvidable lustro que va desde 1810 a 1816 y los que aún no hemos podido concretar en cuanto a su intención y proyección.
Sólo con una mirada desapasionada y sin ningún tipo de ideología podríamos entender las contradicciones de la época en que se produjo la Revolución de Mayo, que sin embargo siguió manteniendo la sumisión al rey Fernando de España, o que mientras el germen de la democracia inspiraba a nuestros próceres de 1810 en donde la intención de los cabildos del interior, que se manifestaban federalista, constituían La Primera Junta y que se ve abortado por lo que no temo en llamar el primer golpe cuando los porteños crean el Triunvirato. O, cómo pudo suceder que, Charcas, boliviana, suscribió el acta de nuestra independencia y Santa Fe, argentina, se abstuvo de suscribirla y que en 1811 le ordenaran al creador de la bandera arriarla en silencio para que la porfía lo llevara hasta la histórica desobediencia de Jujuy en 1812. Desde el poder se mezquina la ayuda a los ejércitos que tenían que asegurar la frontera territorial y, después, en 1816, mientras se declara la independencia, los realistas españoles ocupaban el norte y los realistas portugueses el litoral.

Indudablemente, cuando sorprendió la guerra de la independencia continental, lo que llamamos Patria no estaba cabalmente definido, ni en su territorio, ni en su gobierno, ni en sus ideales.

Lamentablemente en muy pocos actores anidaba la idea de un destino colectivo, se intentaba despegar de la metrópoli colonial pero no se actuaba de la misma forma respecto a la metrópoli virreynal y en los virreynatos las intendencias, y en las intendencias las provincias, y en las provincias las ciudades con sus cabildos. Todos a su vez fueron separatistas respecto a su metrópoli pero visiblemente conservadores respecto a los pueblos del interior que se irguieron como protagonistas de una doble guerra: la de emancipación del exterior y la de autonomía interior.
Por estos dos procesos que no deben entenderse como sucesivos, sino como simultáneos, más la temprana y sospechada muerte de Moreno en altamar que deja a la revolución un tanto desorientada, es que la lucha de emancipación aparece en un caos que obscurece los esfuerzos republicanos de San Martin en los Andes, Belgrano en el Alto Perú, Güemes en la Quebrada, Castelli, Gorriti, Monteagudo y algunos más, aunque no tantos.
Así como desde el Cabildo de Buenos Aires se inicia la acción centrifuga de orden militar, es desde el interior con sus cabildos provinciales y sus diputados donde se inicia la acción centrípeta o la revolución institucional que encontraría en Rivadavia a su peor enemigo.
Ya, desde aquellos tiempos se viene planteando en nuestro territorio la indisimulada lucha del poder de la aduana contra la extensión productiva.

Durante el Centenario se escribió que los acontecimientos sucedidos cien años atrás no fueron efectiva coronación de nuestra independencia, sino esforzada profesión de fe y arranque moral para realizarla.

¿En el 2110 se escribirá patéticamente que aún en el Bicentenario los argentinos seguían sin lograr plasmar los ideales de Mayo y que si bien han afianzado el espíritu democrático carecen de la más esencial institucionalidad y que tras los horrores militares y los fracasos civiles asistían impávidos al primitivo espectáculo de ver como un presidente saliente designaba a su antojo a la sucesora. Su esposa?

Jorge L. Amelio Ortiz

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