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Lugar: La Falda, Córdoba, Argentina

El titular ha superado los 25 años en la actividad periodística, habiendo participado de los medios gráficos de la región, ha sido director de medios radiales y ha hecho televisión, fue corresponsal de La Voz del Interior.

viernes, 4 de diciembre de 2015

Sol Aliverti, es la autora de la crónica “El aparecido”, investigación periodística sobre Miguel Muñoz, quien tras una agresión perdió la memoria, pasó seis meses internado en el hospital Rawson de San Juan sin identificación, ni nadie que reclamara por él. El trabajo resultó ganador del concurso Crónicas Interiores 2015, organizado por la Gaceta Deodoro de la Secretaría de Extensión Universitaria de la Universidad Nacional de Córdoba (UNC), por Anfibia (Unsam) y por la Editorial de la Universidad Nacional de La Plata (Edulp), con el apoyo del Sindicato Regional de Luz y Fuerza de Córdoba y de la editorial Recovecos. Reproduciremos el artículo en dos ediciones y hablaremos con la autora, no sólo por ser faldense y ganadora de este premio, sino porque la narración entraña una perceptible sensibilidad que urge, a la autora, a la develación del misterio, más allá del hecho mismo. El aparecido (1º parte) Lo primero que supe de él fue una foto en la que aparenta mirar de frente a la cámara pero en realidad no. La mirada se fija en un punto inaccesible fuera del cuadro: los ojos negros, una camiseta blanca, el pelo ondulado, el hueco en la cabeza. Parece distraído en una idea que solo él comprende, como si se tratara del momento anterior al descubrimiento de algo. Alguien le habrá dicho que se quede quieto. No sonríe, no tiene por qué hacerlo. Los diarios locales supieron del caso y desplegaron algunos títulos con pereza, con una atención que se parece al hallazgo de una rareza de circo: “El hombre que perdió la memoria”, “El hombre que no sabe quién es”. El 19 de febrero de 2015, por la madrugada, en la esquina de Pueyrredón y Libertador de la ciudad de San Juan, un hombre de unos 50 años fue encontrado con un golpe en la cabeza. Su cuerpo quedó en la vereda, en esa intersección ruidosa de una calle de cuatro esquinas, en la zona oeste. La ambulancia lo llevó al hospital Rawson y ahí hicieron lo que había que hacerse: se dieron cuenta de que había que descomprimir y descomprimieron. Fue tarde para algunas cosas: aquel hombre pudo salvarse, pero parte de su cerebro fue perdida y con ella todo lo que la bolsa de la memoria podía retener. Cuando el hombre despertó, todo lo que lo hacía él mismo había desaparecido: apenas balbuceaba, no sabía su nombre, no podía tragar, ni masticar, ni mover un brazo, ni sostenerse sobre sus pies. Esa culminación de una serie de causas y efectos de las que no se tiene control aparente había convertido el simulacro de esa vida en un vacío blanco en el mundo. Ya no había hacia dónde ir, ni hacia donde volver. En el hospital siguieron los procedimientos habituales. Luego de hacerse la denuncia, se supo que aquel hombre había sido golpeado por alguna de las tres personas con las que había estado esa noche, cerca de una verdulería. No tenía documentos y las huellas no mostraron datos: se solicitaron antecedentes en las comisarías de San Juan, San Luis y Mendoza y del hombre no se sabía nada. Para la justicia, al menos, aquel aparecido era un hombre bueno. Después de estar 26 días en terapia intensiva, su presencia empezó a intranquilizar. Pasaron seis meses y de aquel aparecido nada se sabía. Lo llamaron Darío porque era un nombre que dicen que repetía. Le agregaron Nuñez, porque así les pareció que podía quedar bien. Además era capaz de algunas cosas: decir que sí, decir que no, decir frío, decir caliente. *** Puede que no importe decirlo, pero hay un punto de partida: todo misterio habilita cierta intromisión. Si “ser humano” es una incógnita, si a la pregunta de qué somos le agregamos la amnesia, entonces aquel aparecido vive su propio misterio duplicado. La pregunta no sólo es quién era ese hombre, por qué estaba ahí, por qué nadie lo quería, por qué nadie lo odiaba, cómo se construye una vida que no puede ser recordada y cómo se le asigna sentido en una sola dirección. También podía tratarse de un miedo reflejado: cómo podía resultar posible caerse del mundo y que nadie lo note. *** A la ciudad de San Juan le dicen la ciudad del sol. Aunque parezca un cliché turístico, ese dato no parece condicionar la realidad: es cierto que todo parece más luminoso. Puede que el dato sea una confirmación de algo que parece obvio: todo cabe bajo el sol, y no hay edificios lo suficientemente altos como para oscurecer su influencia. No más de tres pisos por los temblores que se registran en la zona. También dicen que es difícil perderse: la ciudad es una cuadrícula y todas las calles se llaman igual desde que empiezan hasta que terminan. Sólo hay que saber hacia qué punto cardinal dirigirse y moverse en el espacio como lo haría un buen marinero: este, oeste, norte, sur. Después de seis meses sin saber quién era, y sin que nadie reclamara, el hospital Rawson pidió que se lo admitiera en la Casa de la Bondad, un hospice de la fundación Manos Abiertas fundada hace tres años en San Juan. Un hospice es un lugar donde la gente va a morir. Pero no es que la gente no se pueda morir en cualquier lado, es que allí todo está preparado para morir bien. El lugar tiene apenas cuatro camas y un aspecto gentil y pacífico: las paredes pintadas de un amarillo claro, un sillón verde al que le pusieron una manta para que no se note y un patio grande y verde que antes fue terreno fiscal. Días atrás había llamado el intendente de un pueblo de San Luis llamado Unión diciendo que tenía el dato de que ese hombre no se llamaba Darío, que se llamaba Miguel. —Estamos hablando de una posibilidad, no hay nada que determine con exactitud. No podemos decir que es Ramón Miguel Muñoz. Todo son llamadas telefónicas. Parece que tenia conductas nómades, que andaba de provincia en provincia, y donde iba hacía changas. La que habla detrás del escritorio en una suficiencia espiritual que la habilita a no desmoronarse ante la muerte es Mirtha Cuadros, directora de la Casa. A su lado, sentada está Mirta Gari, vice directora. Las dos perdieron la cuenta de la cantidad de personas que vieron morir ahí. Nadie les paga. Ayudar a morir a otros parece bastarles. Todos mueren. En la punta de la cama hay un cartel con letras amarillas que dice Miguel. Su presencia en el hospice no es habitual. Miguel no va a morir. No pronto, no es lo que parece. —Es precioso como se comunica, vos vas pasando y te dice: ¡hola, hola hola! Te repite frases, ha dicho Quiroga, por ejemplo. Una chica de cocina vino y dijo: che, dijo un montón de cosas, así que ahora hemos instrumentado un cuadernito para que no se nos pase. Los 110 voluntarios que colaboran en la casa de la bondad se preparan para estar atentos a los deseos del que está por morir. ¿Y como saben que es lo que desea alguien que no sabe quién es? La duda parece existencial pero es algo más simple: todos necesitan que los agarren de la mano y les otorguen el derecho a morir con algo de ternura. Ese día, por la mañana, el hombre fue a parar de nuevo al hospital Rawson. Tenían que hacerle un control médico porque había amanecido con fiebre. Antes, por las dudas entienda, por las dudas extrañe, le explicaron que iba irse, pero que luego iba a volver. Las cocineras dicen que ha mejorado: cuando le llevan un plato y le preguntan si le gusta el hombre dice: sisisisisi, mucho mucho, todo todotodo. El intendente de Unión, Rodolfo Becerra, confía en que aquel hombre sea Miguel Muñoz y del otro lado del teléfono me dice que pude darme el teléfono de Miguel Pérez, un primo del pueblo que aparentemente está al tanto de todo. Miguel Pérez confirma: es mi primo, ha sufrido tanto, pero desde los 28 que él no está acá. Le paso el número de mi tía, la Ramona Fernández, ella le puede contar más porque lo crió cuando él era chiquito. La cadena de posibles identidades se extiende: un hombre comienza a ser la multitud de voces que lo murmuran, que dicen que lo han conocido. *** El hombre sin memoria había tenido algo de impacto en los medios locales y nacionales. No hubo muchas historias así: hacía poco, otro aparecido había sido recibido como un héroe luego de sobrevivir en la Cordillera de los Andes comiendo ratas. Decía que no recordaba su nombre. Lo había encontrado un baqueano y llegó a San Juan moribundo. El gobernador, José Luis Gioja, lo recibió levantándolo en sus brazos en un gesto de admiración compasiva un tanto exagerada, como si hubieran estado actuando una versión masculina de La Piedad. Sobrevivir tiene un encanto que no lo da nada. Gioja lo sabía después de no morir en el accidente de helicóptero que lo tuvo en el Rawson durante meses. Después se supo que aquel hombre era buscado por la policía chilena por estar acusado de violación a menores, cargos que no se comprobaron luego y del hombre, una vez dado de alta, no se supo más nada ni nadie preguntó por él. El doctor Norberto Navalta es el jefe del Área Clínica Médica del Rawson. En ese hospital trabaja hace 39 años viendo casos como éste, aunque no exactamente como el de Miguel. Eso sí que no pasó nunca. Hay NN, ingresan todo el tiempo, pero no permanecen. —Acá dice que ingresó hoy. Señala una planilla en la que figuran ingresos y egresos. ¿Ve? ahí dice, ingresó Mario… parece que ya le cambiaron el nombre de nuevo. —Si por razones de operatividad la casa de la bondad lo desocupa, tiene que volver acá, hasta que alguien lo retire. No ha avanzado nada a nivel intelectual, de orientación en el tiempo y el espacio. Hay ciertas cosas: uno no sabe si hay delirio o fijaciones de algunas imágenes. Son ideas aisladas, el resto del día está autista, sin hablar absolutamente nada. *** El hombre levanta la cabeza y clava la mirada en la puerta ni bien atravesamos la habitación. Otro hombre, desde la cama contigua, toma el mástil que sostiene el suero, se pone de costado y se queda atento sin saludar. Miguel frunce el ceño, sus gestos parecen indicar que existe una voluntad por saber quien está ahí, quien entra, quien lo mira. El miedo de no reconocer y no ser reconocido recubre todo de una ansiedad que parece lejos de cualquier cosa humana. Me apuro a decir mi nombre, a contarle que hago ahí. Recuerdo lo que había dicho Mirtha y le cuento a Miguel que al otro día voy a ver a su tía Ramona. ¿Te acordás de ella?, pregunto. Miguel empieza a repetir palabras con una densidad rítmica sin sentido: —yeguayeguayeguayeguaaguaaguaaguaaguaaguagau, gallina gallinagallinagallinasisisisisisisis, quedatequedate queda. Dejo de insistir en hablar con él y nos quedamos en silencio un rato. Cuando nos vamos, Miguel reacciona con la misma extrañeza y se queda balbuceando algo que no alcanzo a escuchar. *** La verdulería es un montaje de chapa y palos, piso de tierra con cajas de frutas y verduras que dan a la calle. Un hombre pesa unos tomates en una balanza colgante de hierro y anota en un papel. Pregunta qué necesito. El hombre mira con desconfianza y se apoya en la balanza después de escucharme. —Entonces tenés que hablar con él—dice, y señala a un hombre en una silla de plástico, de brazos cruzados con un sombrero. Julio Gallo es el nombre del dueño de esa verdulería. Miguel, como se hacía llamar, no decía mucho de su vida. —Era un tipazo— dice, sin descruzar los brazos. Esa es la primera definición que oigo de alguien que lo conoció antes de que fuera lo que es. —Era un tipazo, repite. Que tenía campos, caballos, y que dejó todo. —¿Eso decía? —Si, lástima que le gustaba chupar. Julio habla con una desafección curtida que lo hace parecer inmune a cualquier sentimiento. Miguel había venido hacía seis meses, y ahí se había quedado sin mediar demasiadas explicaciones. Julio necesitaba ayuda y él necesitaba lugar donde dormir. Sabía de sus padres muertos, sabía que de su familia no hablaba ni bien ni mal, sabía que había tenido todo lo que se espera que una vida pudiera tener—hasta una hija — y que luego se fue. Julio hace un gesto de negación. —Y esos hijos de puta le pegaron un palo en la cabeza. Esa noche dicen que estaba con tres personas más: una mujer y dos hombres. En un momento se desconocieron. Uno le pegó con un palo y así dio comienzo a esta historia. Quise preguntarle a Julio por qué no había ido a verlo, pero temí que no quisiera contarme más nada. El temor no poder confrontar lo que el otro no hace por ignorancia o debilidad, terminó siendo un eco fragmentado de esa realidad que no terminaba de construirse. El otro hombre, cerca de la balanza, siguió la conversación. Pero en un momento Julio se quedó mirando hacia adelante y fue dejando espacio entre respuesta y respuesta. Pregunté cómo llegar al centro y me dijo – como todos ahí- que si seguía derecho, llegaba seguro. ***

Sol Aliverti, es la autora de la crónica “El aparecido”, investigación periodística sobre Miguel Muñoz, quien tras una agresión perdió la memoria, pasó seis meses internado en el hospital Rawson de San Juan sin identificación, ni nadie que reclamara por él. El trabajo resultó ganador del concurso Crónicas Interiores 2015, organizado por la Gaceta Deodoro de la Secretaría de Extensión Universitaria de la Universidad Nacional de Córdoba (UNC), por Anfibia (Unsam) y por la Editorial de la Universidad Nacional de La Plata (Edulp), con el apoyo del Sindicato Regional de Luz y Fuerza de Córdoba y de la editorial Recovecos. Reproduciremos el artículo en dos ediciones y hablaremos con la autora, no sólo por ser faldense y ganadora de este premio, sino porque la narración entraña una perceptible sensibilidad que urge, a la autora, a la develación del misterio, más allá del hecho mismo.

El aparecido (1º parte)

Lo primero que supe de él fue una foto en la que aparenta mirar de frente a la cámara pero en realidad no. La mirada se fija en un punto inaccesible fuera del cuadro: los ojos negros, una camiseta blanca, el pelo ondulado, el hueco en la cabeza. Parece distraído en una idea que solo él comprende, como si se tratara del momento anterior al descubrimiento de algo. Alguien le habrá dicho que se quede quieto. No sonríe, no tiene por qué hacerlo. Los diarios locales supieron del caso y desplegaron algunos títulos con pereza, con una atención que se parece al hallazgo de una rareza de circo: “El hombre que perdió la memoria”, “El hombre que no sabe quién es”. El 19 de febrero de 2015, por la madrugada, en la esquina de Pueyrredón y Libertador de la ciudad de San Juan, un hombre de unos 50 años fue encontrado con un golpe en la cabeza. Su cuerpo quedó en la vereda, en esa intersección ruidosa de una calle de cuatro esquinas, en la zona oeste. La ambulancia lo llevó al hospital Rawson y ahí hicieron lo que había que hacerse: se dieron cuenta de que había que descomprimir y descomprimieron. Fue tarde para algunas cosas: aquel hombre pudo salvarse, pero parte de su cerebro fue perdida y con ella todo lo que la bolsa de la memoria podía retener. Cuando el hombre despertó, todo lo que lo hacía él mismo había desaparecido: apenas balbuceaba, no sabía su nombre, no podía tragar, ni masticar, ni mover un brazo, ni sostenerse sobre sus pies. Esa culminación de una serie de causas y efectos de las que no se tiene control aparente había convertido el simulacro de esa vida en un vacío blanco en el mundo. Ya no había hacia dónde ir, ni hacia donde volver. En el hospital siguieron los procedimientos habituales. Luego de hacerse la denuncia, se supo que aquel hombre había sido golpeado por alguna de las tres personas con las que había estado esa noche, cerca de una verdulería. No tenía documentos y las huellas no mostraron datos: se solicitaron antecedentes en las comisarías de San Juan, San Luis y Mendoza y del hombre no se sabía nada. Para la justicia, al menos, aquel aparecido era un hombre bueno. Después de estar 26 días en terapia intensiva, su presencia empezó a intranquilizar. Pasaron seis meses y de aquel aparecido nada se sabía. Lo llamaron Darío porque era un nombre que dicen que repetía. Le agregaron Nuñez, porque así les pareció que podía quedar bien. Además era capaz de algunas cosas: decir que sí, decir que no, decir frío, decir caliente.

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Puede que no importe decirlo, pero hay un punto de partida: todo misterio habilita cierta intromisión. Si “ser humano” es una incógnita, si a la pregunta de qué somos le agregamos la amnesia, entonces aquel aparecido vive su propio misterio duplicado. La pregunta no sólo es quién era ese hombre, por qué estaba ahí, por qué nadie lo quería, por qué nadie lo odiaba, cómo se construye una vida que no puede ser recordada y cómo se le asigna sentido en una sola dirección. También podía tratarse de un miedo reflejado: cómo podía resultar posible caerse del mundo y que nadie lo note.

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A la ciudad de San Juan le dicen la ciudad del sol. Aunque parezca un cliché turístico, ese dato no parece condicionar la realidad: es cierto que todo parece más luminoso. Puede que el dato sea una confirmación de algo que parece obvio: todo cabe bajo el sol, y no hay edificios lo suficientemente altos como para oscurecer su influencia. No más de tres pisos por los temblores que se registran en la zona. También dicen que es difícil perderse: la ciudad es una cuadrícula y todas las calles se llaman igual desde que empiezan hasta que terminan. Sólo hay que saber hacia qué punto cardinal dirigirse y moverse en el espacio como lo haría un buen marinero: este, oeste, norte, sur.

Después de seis meses sin saber quién era, y sin que nadie reclamara, el hospital Rawson pidió que se lo admitiera en la Casa de la Bondad, un hospice de la fundación Manos Abiertas fundada hace tres años en San Juan. Un hospice es un lugar donde la gente va a morir. Pero no es que la gente no se pueda morir en cualquier lado, es que allí todo está preparado para morir bien. El lugar tiene apenas cuatro camas y un aspecto gentil y pacífico: las paredes pintadas de un amarillo claro, un sillón verde al que le pusieron una manta para que no se note y un patio grande y verde que antes fue terreno fiscal. Días atrás había llamado el intendente de un pueblo de San Luis llamado Unión diciendo que tenía el dato de que ese hombre no se llamaba Darío, que se llamaba Miguel.

—Estamos hablando de una posibilidad, no hay nada que determine con exactitud. No podemos decir que es Ramón Miguel Muñoz. Todo son llamadas telefónicas. Parece que tenia conductas nómades, que andaba de provincia en provincia, y donde iba hacía changas.

La que habla detrás del escritorio en una suficiencia espiritual que la habilita a no desmoronarse ante la muerte es Mirtha Cuadros, directora de la Casa. A su lado, sentada está Mirta Gari, vice directora. Las dos perdieron la cuenta de la cantidad de personas que vieron morir ahí. Nadie les paga. Ayudar a morir a otros parece bastarles. Todos mueren. En la punta de la cama hay un cartel con letras amarillas que dice Miguel. Su presencia en el hospice no es habitual. Miguel no va a morir. No pronto, no es lo que parece.

—Es precioso como se comunica, vos vas pasando y te dice: ¡hola, hola hola! Te repite frases, ha dicho Quiroga, por ejemplo. Una chica de cocina vino y dijo: che, dijo un montón de cosas, así que ahora hemos instrumentado un cuadernito para que no se nos pase.

Los 110 voluntarios que colaboran en la casa de la bondad se preparan para estar atentos a los deseos del que está por morir. ¿Y como saben que es lo que desea alguien que no sabe quién es? La duda parece existencial pero es algo más simple: todos necesitan que los agarren de la mano y les otorguen el derecho a morir con algo de ternura. Ese día, por la mañana, el hombre fue a parar de nuevo al hospital Rawson. Tenían que hacerle un control médico porque había amanecido con fiebre. Antes, por las dudas entienda, por las dudas extrañe, le explicaron que iba irse, pero que luego iba a volver. Las cocineras dicen que ha mejorado: cuando le llevan un plato y le preguntan si le gusta el hombre dice: sisisisisi, mucho mucho, todo todotodo.

El intendente de Unión, Rodolfo Becerra, confía en que aquel hombre sea Miguel Muñoz y del otro lado del teléfono me dice que pude darme el teléfono de Miguel Pérez, un primo del pueblo que aparentemente está al tanto de todo. Miguel Pérez confirma: es mi primo, ha sufrido tanto, pero desde los 28 que él no está acá. Le paso el número de mi tía, la Ramona Fernández, ella le puede contar más porque lo crió cuando él era chiquito.

La cadena de posibles identidades se extiende: un hombre comienza a ser la multitud de voces que lo murmuran, que dicen que lo han conocido.

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El hombre sin memoria había tenido algo de impacto en los medios locales y nacionales. No hubo muchas historias así: hacía poco, otro aparecido había sido recibido como un héroe luego de sobrevivir en la Cordillera de los Andes comiendo ratas. Decía que no recordaba su nombre. Lo había encontrado un baqueano y llegó a San Juan moribundo. El gobernador, José Luis Gioja, lo recibió levantándolo en sus brazos en un gesto de admiración compasiva un tanto exagerada, como si hubieran estado actuando una versión masculina de La Piedad. Sobrevivir tiene un encanto que no lo da nada. Gioja lo sabía después de no morir en el accidente de helicóptero que lo tuvo en el Rawson durante meses. Después se supo que aquel hombre era buscado por la policía chilena por estar acusado de violación a menores, cargos que no se comprobaron luego y del hombre, una vez dado de alta, no se supo más nada ni nadie preguntó por él.

El doctor Norberto Navalta es el jefe del Área Clínica Médica del Rawson. En ese hospital trabaja hace 39 años viendo casos como éste, aunque no exactamente como el de Miguel. Eso sí que no pasó nunca. Hay NN, ingresan todo el tiempo, pero no permanecen.

—Acá dice que ingresó hoy. Señala una planilla en la que figuran ingresos y egresos. ¿Ve? ahí dice, ingresó Mario… parece que ya le cambiaron el nombre de nuevo.

—Si por razones de operatividad la casa de la bondad lo desocupa, tiene que volver acá, hasta que alguien lo retire. No ha avanzado nada a nivel intelectual, de orientación en el tiempo y el espacio. Hay ciertas cosas: uno no sabe si hay delirio o fijaciones de algunas imágenes. Son ideas aisladas, el resto del día está autista, sin hablar absolutamente nada.

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El hombre levanta la cabeza y clava la mirada en la puerta ni bien atravesamos la habitación. Otro hombre, desde la cama contigua, toma el mástil que sostiene el suero, se pone de costado y se queda atento sin saludar. Miguel frunce el ceño, sus gestos parecen indicar que existe una voluntad por saber quien está ahí, quien entra, quien lo mira. El miedo de no reconocer y no ser reconocido recubre todo de una ansiedad que parece lejos de cualquier cosa humana. Me apuro a decir mi nombre, a contarle que hago ahí. Recuerdo lo que había dicho Mirtha y le cuento a Miguel que al otro día voy a ver a su tía Ramona. ¿Te acordás de ella?, pregunto.
Miguel empieza a repetir palabras con una densidad rítmica sin sentido:

—yeguayeguayeguayeguaaguaaguaaguaaguaaguagau, gallina gallinagallinagallinasisisisisisisis, quedatequedate queda.
Dejo de insistir en hablar con él y nos quedamos en silencio un rato. Cuando nos vamos, Miguel reacciona con la misma extrañeza y se queda balbuceando algo que no alcanzo a escuchar.

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La verdulería es un montaje de chapa y palos, piso de tierra con cajas de frutas y verduras que dan a la calle. Un hombre pesa unos tomates en una balanza colgante de hierro y anota en un papel. Pregunta qué necesito. El hombre mira con desconfianza y se apoya en la balanza después de escucharme.

—Entonces tenés que hablar con él—dice, y señala a un hombre en una silla de plástico, de brazos cruzados con un sombrero.
Julio Gallo es el nombre del dueño de esa verdulería. Miguel, como se hacía llamar, no decía mucho de su vida.

—Era un tipazo— dice, sin descruzar los brazos.

Esa es la primera definición que oigo de alguien que lo conoció antes de que fuera lo que es.

—Era un tipazo, repite.
Que tenía campos, caballos, y que dejó todo.

—¿Eso decía?
—Si, lástima que le gustaba chupar.

Julio habla con una desafección curtida que lo hace parecer inmune a cualquier sentimiento. Miguel había venido hacía seis meses, y ahí se había quedado sin mediar demasiadas explicaciones. Julio necesitaba ayuda y él necesitaba lugar donde dormir. Sabía de sus padres muertos, sabía que de su familia no hablaba ni bien ni mal, sabía que había tenido todo lo que se espera que una vida pudiera tener—hasta una hija — y que luego se fue. Julio hace un gesto de negación.

—Y esos hijos de puta le pegaron un palo en la cabeza.

Esa noche dicen que estaba con tres personas más: una mujer y dos hombres. En un momento se desconocieron. Uno le pegó con un palo y así dio comienzo a esta historia. Quise preguntarle a Julio por qué no había ido a verlo, pero temí que no quisiera contarme más nada. El temor no poder confrontar lo que el otro no hace por ignorancia o debilidad, terminó siendo un eco fragmentado de esa realidad que no terminaba de construirse. El otro hombre, cerca de la balanza, siguió la conversación. Pero en un momento Julio se quedó mirando hacia adelante y fue dejando espacio entre respuesta y respuesta. Pregunté cómo llegar al centro y me dijo – como todos ahí- que si seguía derecho, llegaba seguro.

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