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Lugar: La Falda, Córdoba, Argentina

El titular ha superado los 25 años en la actividad periodística, habiendo participado de los medios gráficos de la región, ha sido director de medios radiales y ha hecho televisión, fue corresponsal de La Voz del Interior.

viernes, 27 de noviembre de 2015

El dilema europeo que no tardará en ser mundial: ¿Hasta dónde puede aceptarse la diversidad cultural?

Por Alberto E. Moro

Este Artículo fue escrito hace un año, y a la luz de los recientes y trágicos acontecimientos sucedidos en Europa, Medio Oriente y África, consideramos que tiene plena actualidad y puede ser republicado.


Debe haber fronteras más allá de las cuales no se puede pasar en la aceptación de una supuesta identidad del otro.


En el año 2005 publiqué con mi firma en este mismo medio periodístico, un artículo titulado en formato pregunta ¿El fin del multiculturalismo?; y ahora, casi 11 años después, vuelvo sobre el tema, que se ha tornado cada vez más preocupante, y aún no tiene una respuesta.
Si cual dioses mitológicos observadores de Occidente, pudiéramos ubicarnos en un hipotético Parnaso suspendido en el espacio, sobre el viejo “mare nostrum” del Mediterráneo, ¿qué es lo que veríamos?
Personalmente, y siguiendo los postulados metodológicos de la Antropología, no solo soy un observador participante del devenir cultural y sociológico de nuestro tiempo, inmerso en él plenamente sino que, en particular para escribir, ejercito el distanciamiento necesario para poder “ver” panorámicamente los sucesos sin el acoso de mis propias pasiones e ideologías, que aunque crea no tenerlas, seguramente allí están confortablemente instaladas en el subconsciente. Y lo que veo, francamente me asusta por las proyecciones globales que puede alcanzar.
Veo a una Europa que tras inenarrable sufrimientos de un pasado feudal con comunidades atomizadas y sectarias inmersas en la barbarie, logró finalmente en el siglo pasado una cierta estabilidad democrática no sin antes pasar por dos grandes guerras mundiales que significaron millones de muertos en la flor y nata de su juventud, más la destrucción de sus ciudades y la devastación de sus economías.
Y esa misma Europa hoy siente amenazado su estilo de vida tan trabajosamente conseguido, desatándose un cierto grado de paranoia generado por hechos concretos y flagrantes que la amenazan desde una imparable inmigración que no solo no parece tener fin, sino que promete globalizarse, haciendo temblar las fronteras nacionales, ideológicas y sociales de sus pueblos. Como si la inestabilidad de los logros culturales fuese –como quizás haya sido siempre- inevitablemente efímera, y sujeta a una evolución de imprevisibles consecuencias.
A la vista del mundo, Europa fulguraba como un conjunto de países diversos donde las monarquías y los despotismos habían sido atenuados por sistemas parlamentarios, y en los cuales las normas de convivencia se ajustaban al liberalismo humanista de las modernas democracias, basadas en el respeto a las minorías, la independencia de los poderes, y un gobierno representativo “del pueblo, por el pueblo, y para el pueblo”.
La Democracia es un sistema de frágil equilibrio entre los derechos individuales y la ambición de los políticos, con la enorme ventaja de que estos últimos podrán ser renovados mediante el voto popular al término de sus mandatos, y de que las leyes serán aprobadas, o no, por el poder legislativo en el que está representada la totalidad del pueblo. Como todos sabemos, la democracia no es un sistema perfecto –quizás nunca tendremos uno- pero es la mejor componenda que se ha logrado para construir puentes entre “la gente” y sus mandantes. Quienes viven en Corea del Norte o Cuba lo saben muy bien y anhelan que algún día sus países puedan alcanzar ese statu quo político discretamente soportable y renovable, tan diferente de los totalitarismos que los agobian.
Los líderes espirituales de Occidente no se cansan, lo mismo que algunos políticos no tan convencidos, de convocar al diálogo. Quizás el Papa argentino del fin del mundo sea uno de los pocos que realmente pueden llevar adelante un diálogo auténtico. Porque si miramos bien, la mayoría de los que hablan de diálogo están absolutamente seguros de tener la razón de su lado, con los que ya parten de una premisa equivocada que, precisamente, hace imposible que el diálogo tenga lugar. La única forma de diálogo posible, si de resolver problemas pacíficamente se trata, es sentarse a la mesa de negociaciones con el ánimo dispuesto a ponerse en el lugar del otro y escuchar (no simplemente oír) sus argumentaciones. Si hay posiciones irreductibles, si no se está dispuesto a ceder un ápice en las propias convicciones, no habrá diálogo alguno.
Y algo de esto es lo que ha sucedido en Europa, cuyos dirigentes ingenuamente creyeron en el multiculturalismo, pensando que los individuos de la cada vez más aluvional inmigración musulmana que reciben pondría en práctica el viejo dicho: “A donde fueres, haz lo que vieres”. Muy lejos de esto está el fundamentalismo musulmán, que lejos de adoptar las costumbres del país que los acoge, pretende imponerle sus propias costumbres. Y el problema está en que esas costumbres son inconciliables con la cultura de Occidente, por razones, éticas, políticas e ideológicas. La vieja Europa ha recorrido un largo y doloroso camino para desarrollar una cultura humanista, democrática, con preceptos tales como la libertad de pensamiento, la igualdad entre el hombre y la mujer, el respeto inter religioso, y la intangibilidad del cuerpo y la salud humana, y una educación laica para los niños. Obviamente, esto no son los valores que quieren imponer los nuevos huéspedes de ese territorio.
Esa ingenuidad “democrática” entre comillas, ha hecho concesiones inadmisibles, y esto recién empieza. Algunos estados, el italiano por ejemplo, ha aportado ingentes sumas para construir innumerables mezquitas desde las cuales se predica el odio y el fundamentalismo de la Sharia, la dura ley islámica llena de prohibiciones, en particular hacia la mujer. Ellas no pueden descubrir ninguna parte de su cuerpo, deben usar la burka para que no se les vea el rostro, tampoco salir a la calle sin la compañía de un varón de la familia, ni mucho menos entrar a un bar, ni protestar por las vejaciones a que pueden someterlas sus maridos. En casos de adulterio, es lícito matarlas por lapidación o de cualquier otra forma, lo cual sucede a menudo infringiendo las leyes vigentes del país.
Y eso no es todo, la lista es muy larga y terrible. En lugar de integrarse, como ocurrió entre nosotros en la gran inmigración, forman comunidades semiautónomas en las cuales rige la Sharia, los minaretes y la intolerancia más cerril. Presionando a las autoridades con la protesta callejera, el incendio y los saqueos, con la metodología que tan bien conocemos los argentinos, han logrado que quiten los símbolos religiosos de las escuelas, que los médicos no puedan tocar a sus pacientes, que en algunas escuelas haya aulas separadas para varones y niñas, y que se hagan natatorios para hombres y mujeres por separado, dos en lugar de uno, cuando es el propio país de acogida quien se los proporciona dentro de la seguridad social y los derechos básicos universales. Además existe la cruel costumbre de direccionar la vida de las niñas pre-púberes casándolas con hombres grandes que ni siquiera conocen, entregándolas al himeneo antes de tiempo a cambio de alguna supuesta ventaja económica para los dadores.
Como dije, la lista es muy larga en cuanto a esas aberraciones no ya medievales sino troglodíticas, pero para cerrar este escueto resumen, consignaré el hecho de que los tribunales europeos, en particular los de Francia, están atestados de demandas para que se les permita, en nombre del respeto a su “cultura” la ablación del clítoris a las niñas pequeñas, cosa que se hace con fines inconfesables. El medio Oriente ha sido siempre pródigo en estas vejaciones que podríamos llamar “bíblicas” (los judíos tienen su ejemplo en la circuncisión) porque casi siempre responden a creencias de un remoto pasado que se sitúa en la noche de los tiempos y no poseen ningún sustento médico; o en un supuesto libro como el Corán, interpretado a piacere por fanáticos clérigos movidos por la envidia del bienestar y por un odio cerval y ancestral contra el Occidente próspero.
Occidente, en particular Europa, debe preguntarse hasta dónde está dispuesto a aceptar, en nombre de un ingenuo multiculturalismo que se vulneren los preceptos democráticos, las libertades individuales, la igualdad entre los sexos, el respeto por la persona humana, la libertad de expresión y de cultos, los derechos humanos y los principios éticos y morales consolidados después de tantos años de experiencias y esfuerzos civilizatorios. Algunos países con más perspicacia, como Australia, Japón y recientemente Canadá, han puesto en claro enfáticamente a través de sus máximas autoridades, que quien quiera vivir en sus países, debe aceptar las reglas que en ellos rigen o, en caso contrario, volver a sus pueblos de origen. Es lo justo. Y no es lo que sucede en Europa que al parecer ya ha perdido la batalla. Como acaba de decir el Papa, es cierto que nos todos los musulmanes son terroristas, pero el problema es que su dirigencia sí lo es, incluso hacia su propio pueblo.
Podemos sentarnos a dialogar y discutir acerca de nuestros propios valores, pero no podemos hacerlo con quienes tienen como mandato matar a los infieles, es decir, a los que no piensan como ellos. Debe haber fronteras más allá de las cuales no se puede pasar en la aceptación de una supuesta identidad del otro, y si no las hay debemos construirlas cuanto antes, antes que la globalización nos convierta a todos en el campo de batalla de regímenes vesánicos y crueles y, por lo tanto, inaceptables, que buscan imponernos sus creencias.

La Falda, Diciembre de 2014

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