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Lugar: La Falda, Córdoba, Argentina

El titular ha superado los 25 años en la actividad periodística, habiendo participado de los medios gráficos de la región, ha sido director de medios radiales y ha hecho televisión, fue corresponsal de La Voz del Interior.

domingo, 13 de diciembre de 2015

Prospección política del cambio por venir en Argentina

Por Alberto E. Moro

L’ État c’est moi

(Frase probablemente apócrifa atribuida a Luis XIV)



Utilizamos para el título un término usual en geología para avanzar sobre las posibilidades de hallar ciertos minerales o combustibles, y que se refiere a los estudios previos encaminados a detectar la existencia de los mismos. Me parece acertado pues no otra cosa es lo que podemos hacer a estas alturas con referencia a lo que nos espera a los habitantes de la Argentina en virtud de los cambios políticos que ha consagrado el voto de la mayoría en el último ballotage.
Quizás no sea lo más conveniente ilusionarse con un gobierno perfecto que satisfaga todas nuestras aspiraciones democráticas, sobre todo teniendo en vista que han transcurrido muchos años de gobiernos populistas y cleptocráticos que han sabido encontrar apoyos acríticos en una enorme porción de nuestra sociedad que la muestra proclive a votar a los demagogos y populistas que hasta ahora han impedido a nuestro país entrar en la historia como una más entre las potencias mundiales. Esa masa crítica empujada al resentimiento y la obstrucción por la verborragia incontinente y la propaganda “goebbeliana” incesante y falaz, puede ser captada nuevamente por los actores políticos que dicen que “hacen”, por lo que se les perdona que también “roben” y que intentarán seguramente volver para saciar sus inconfesables apetitos.
El gobierno –mejor sería decir la banda organizada en Santa Cruz- que se va, se ha ocupado de vaciar literalmente a la República en todos los aspectos (morales, económicos, políticos y sociales), y no solo eso, sino que empeñosamente ha trabajado, empleando una metáfora bélica, para dejar tierra arrasada y campo minado al gobierno que lo suceda con la clara intención de hacerlo fracasar, sin importarle un ápice que ese fracaso sería la ruina de todos los argentinos, los que los votaron a ellos y los que esperamos un cambio histórico y trascendental. Por ello, no será fácil el camino, y a quien quiera que tenga dos dedos de frente no se le escapará que tanto desbarajuste no se solucionará rápidamente. Deberemos tener paciencia; acompañar y vigilar al mismo tiempo que no haya desvíos deshonestos en la palabra empeñada. Somos muchos los que aspiramos a la decencia en los políticos, y al prestigio internacional de esta gran nación, sumergida hoy en la mayor irrelevancia de su historia.
Ya he opinado en algunos de mis escritos anteriores acerca del uso ya arcaico de los conceptos de izquierdas y derechas, aplicables a algunos experimentos sociales del siglo pasado, todos ellos fracasados con gran sufrimiento para sus pueblos. Hoy es necesario articular nuevas posturas relacionadas efectiva y no retóricamente con las verdaderas necesidades de ese colectivo heterogéneo al que llamamos “la gente”. A la luz de los acontecimientos y la generalización horizontal de las demandas a través de los nuevos medios de comunicación masiva e inmediata, podemos identificar dos aspiraciones básicas y elementales y que sin embargo no ha sido posible alcanzar porque en mi opinión son diametralmente opuestas si nos atenemos a la extrema significación de ambos términos (1). Se trata de dos demandas universales: la igualdad y la libertad, ambas omnipresentes en todos los reclamos del siglo XXI, lo que implica que ni la supuesta “derecha” con su libertad, ni las supuestas “izquierdas” con su igualdad, han alcanzado mínimamente sus objetivos en el siglo que pasó. La tarea de un gobierno moderno, cualquiera sea el signo que se atribuya consistirá, en mi modesta opinión, en regular ambos aspectos para que cada ser humano tenga lo que merece como tal sin que ello signifique un cerrojo a la libertad individual y colectiva.
La búsqueda de la igualdad no debe significar un recorte de las libertades individuales de moverse y expresarse, ni la libertad puede servir de pretexto para que unos pocos se enriquezcan condenando al resto a la pobreza y quizás a millones al hambre, la enfermedad y el desamparo. Tenemos ejemplos flagrantes de ambos casos en el Siglo XX y en lo que va del XXI, que ponen en evidencia el fracaso relativo de ambos sistemas en procurar lo que es la finalidad esencial de la política: la paz, la equidad y la felicidad de los pueblos, sin perder de vista que este último es un concepto más bien abstracto e idealizado.
Por eso esperamos que el nuevo gobierno argentino haga realidad la “sintonía fina” que el anterior proclamó groseramente y no cumplió. Significa eso mucha prudencia, no pretender “dar vuelta la tortilla de la noche a la mañana”, y hacer los cambios necesarios –que son muchos- protegiendo siempre a los más débiles y carenciados, que hoy son legión en la Argentina a causa de las políticas demagógicas aplicadas durante tanto tiempo como placebo mientras se saqueaban los dineros públicos que hoy faltan en las escuelas, los hospitales, las rutas, y en la mesa de millones de argentinos.
Hace mucho que esperamos el “Cambio” de rumbo que se nos promete, basado en la honestidad, la transparencia, la educación, la libertad, la equidad, el desarrollo y las relaciones normales con todos los países del mundo; sin autoritarismos, sin crímenes políticos, sin hipocresías, sin golpes bajos, sin manipulaciones retóricas, sin “maffias” en el poder, sin rapiña, sin nepotismo, y “sin cadenas nacionales” del tipo peluquería de señoras.
¿Es mucho pedir? Quizás lo sea, considerando la fragilidad de los principios morales que se han auto-adjudicado los seres humanos con inigualable y bien intencionado optimismo…
Pero ya no estamos en los tiempos de Luis XIV, “El Rey Sol” y la concepción política de monarquía absoluta. “El Estado soy yo” de Cristina Fernández de Kirchner, aceptado por sus súbditos, que hemos padecido hasta el último minuto de lo que debió ser un simple recambio democrático, es ya definitiva y absolutamente inaceptable. De ahora y para siempre, espero…
Mucho más apropìado parece seguramente, lo que en verdad dijo Luis XIV antes de su muerte: Je m'en vais, mais l'État demeurera toujours.


(1) Alberto Moro. La utopía de la igualdad social. Ecos de Punilla, Noviembre de 2015.

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