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Lugar: La Falda, Córdoba, Argentina

El titular ha superado los 25 años en la actividad periodística, habiendo participado de los medios gráficos de la región, ha sido director de medios radiales y ha hecho televisión, fue corresponsal de La Voz del Interior.

domingo, 13 de diciembre de 2015

Los berrinches de nuestros “estadistas”


Probablemente, cuando este artículo esté siendo leído, el papelón, todo indica que vamos a eso, se estará consumando o ya habrá ocurrido, y pasará porque nuestros hombres y mujeres de la política, en este caso los más encumbrados, siguen estando muy lejos de la realidad que los entorna y a distancia sideral de utilizar sus mejores herramientas para, al menos, no exponerse como infantes signados por sus excentricidades y caprichos.

El sábado pasado, Mario Thibault me pedía opinión sobre los juramentos que se habían dado en el Congreso de la Nación, donde algunos habían jurado por Néstor y Cristina, le contesté que recordaba otros casos en que se habían producido pronunciamientos similares y que en lo que a mí respecta era una cuestión menor, cuando los ciudadanos, en su más amplia mayoría, estaban ocupados en temas más importantes y que hacían al cómo sostenernos económicamente en un momento de descontrol injustificado de precios.

Por ese entonces, ya estaba incorporado al conocimiento público el tristemente celebre debate entre los presidentes, saliente y entrante, por el dónde y cómo se produce el traspaso de gobierno. El sólo mencionarlo da risa. Dos figuras centrales del entramado político nacional discutiendo por una nimiedad, cuando uno sabe que necesariamente debe irse y que el otro necesariamente tiene que hacerse cargo del gobierno para el que ha sido electo. Me hace rememorar aquellas épocas en que como era dueño de la pelota sino me ponían de nueve, cosa para la que era inútil, no jugaba nadie. Y acá pasa algo similar, me voy pero impongo las condiciones de la ceremonia; entro pero lo hago bajo el protocolo que yo decida, ni se ocupan en pensar que con tales ínfulas no hacen más que convertirse en figuras hilarantes dignas de ser el blanco de las burlas de propios y ajenos, y para estos últimos la prueba evidente que se trata de gobernantes de una república bananera.

Que vos sos presidente a partir de que jurás; que yo soy presidente desde las cero horas del diez de diciembre; que a mi no me gritas; que no te grito pero respetame; digno argumento para un próximo hit del Dúo Pimpinela.

En fin, el festejo debería ser para ambos, uno porque cumplió el mandato y el otro porque lo inicia, claro que esto de compartir no debe ser cuestión de políticos, alguno tiene que salir sino vencido por lo menos menospreciado. Ridículo. Ella, la primera mujer en llegar a la presidencia, como candidata a presidente, por el voto popular, reelecta con un porcentaje histórico, impedida legalmente a continuar, tiene razones para festejar. Él, reelecto como Jefe de Gobierno de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, candidato a presidente de una alianza sostenida en el orden nacional por el más antiguo de los partidos políticos, elegido en el primer balotaje del país, tiene razones para festejar. Pero, ambos, están papeloneando.

Dónde está el estadista que deben ser y representar, la de “aquel que está por encima de las divisiones partidarias y de los sectores, en inquieta y creativa búsqueda del bien común y asumiendo plenamente sus propias responsabilidades”, aquel que está dispuesto a sacrificar el interés propio y partidario en aras de preservar el fin superior de una nación, lejos de esas latitudes –por las que atravesó Raúl Ricardo Alfonsín cuando dejó el gobierno para preservar la democracia- cuando el berrinche se reduce a una cuestión intrascendente.

Es que están ciegos a los cambios que se están dando en todo el orbe. Acaso no alcanzan a observar en ese Francisco del que dicen ser sus amigos, seguidores de la primera hora, al que han ido a visitar en busca de bendición, por el que dicen que rezan, que llegó al máximo sitial de la grey más importante del mundo con un mensaje total y absoluto de humildad y austeridad, dejando de lado el oro y la plata de los atributos cardenalicios para cubrirse con la menor ostentación posible, y ello le valió el respeto de propios y ajenos. Si querían un ejemplo de estadista, ahí tienen uno, no sólo por lo dicho sino por todo lo realizado con posterioridad.

Y haciendo hincapié en esto, se me ocurre que Mauricio Macri acaba de perder una oportunidad muy importante de superar esta cuestión y al mismo tiempo de dar un mensaje trascendente en su primera acción de gobierno, golpe de efecto si quiere así llamársele, hubiese sido oportuno que su decisión fuere, siguiendo el proceso de cambio, la de desprenderse definitivamente de estos atributos que históricamente nos unen a la monarquía y la colonia, porque, precisamente, el bastón es una analogía del cetro de los reyes europeos y las varas de mando de virreyes y alcaldes coloniales y la banda está inspirada en la Banda de la Orden de Carlos III que lucen los reyes españoles desde 1771. No será necesario explique que le hubiesen sobrado argumentos para sostener su decisión, tanto históricos como contemporáneos y hasta recientes.

Pero, claro, esta elucubración puede hacerse a la distancia y librado de la carga que supone el poder, porque en definitiva de lo que se trata es de discutir poder, si se pregunta para qué discutir poder en un acto ceremonial, le aseguro que también me lo pregunto, pero así se practica política por estas latitudes.

Mientras esto desgraciadamente ocurre en la cima del poder, los ciudadanos nos mantenemos ocupados en saber por qué en una economía dolarizada a 16 pesos, cuando el dólar se retrae entre un 15 y 18 por ciento por qué los precios responden aumentando entre un 20 y 35 por ciento cuando todo indica que deberían bajar, algunos dicen que son cuestiones especulativas, otros pensamos que es un mensaje del poder económico dirigido a las autoridades que asumirán, o ambas, pero de esto, ambos presidentes, saliente y entrante, no hablan, uno porque se está yendo, el otro porque está entrando, y porque el problema real que los desvela es saber quién le torcerá el brazo al otro en la cuestión de la ceremonia de asunción y como disfrutar ese ínfimo desplante.

Como ciudadanos, mejor tomarlo con calma, sorna y humor, caso contrario admitirse masoquista.

N.H.

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