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Lugar: La Falda, Córdoba, Argentina

El titular ha superado los 25 años en la actividad periodística, habiendo participado de los medios gráficos de la región, ha sido director de medios radiales y ha hecho televisión, fue corresponsal de La Voz del Interior.

viernes, 4 de septiembre de 2015

Siempre El Libro…¡Los Libros siempre!

Por Alberto E. Moro

Los libros son las abejas que llevan el polen de una inteligencia a otra.
James Russell Lowell


Tanto como se hablaba de la desaparición de la radio al aparecer la televisión en el horizonte tecnológico, se habla ahora de la desaparición del libro ante la eclosión del lenguaje cibernético y las omnipresentes pantallas visuales.
Sin embargo, nunca se han publicado tantos libros como en estos tiempos en que hasta los que no saben escribir y los que no tienen nada que decir, escriben… Total, las faltas de ortografía me las corrige la PC, y “la gente” consume carroña si seguimos la receta de escribir sobre sexo, droga, crimen, dinero, y perversiones varias. Eso sí, hay que entrar en el circuito comercial, hacer un buen marketing, y escandalizar todo lo posible a la gilada. Si soy un político o alguien mediático, la publicidad y la venta están aseguradas.
En la alicaída política argentina, tan desprovista de contenidos, todos los políticos nos sorprenden con “su” libro, que ni siquiera fue escrito por ellos sino por algún periodista mercenario que hizo un collage con sus discursos agregándole algún condimento demagógico.
¿Se han preguntado los amigos lectores por qué los políticos –tan habladores ellos- pretenden seducirnos con un libro? ¿No será porque están descubriendo lo que los antiguos ya sabían, que “Verba volant, scripta manent”; las palabras vuelan y lo escrito permanece? ¿Se estarán dando cuenta de que todo lo que se dice livianamente se evapora, y que lo que está en el libro es mucho más consistente y perdurable? Y que sobre lo que se ha escrito nadie podrá decir: “Me sacaron de contexto…”
Hablo de la masividad, de que ahora casi todos los políticos lo hacen, en su desesperación por embaucar a “la gente”, ese objeto de sus desvelos, con cosas que generalmente saben inalcanzables y por lo tanto utópicas. Pero la utopía vende bien, como se vendió el Mein Kampf de Hitler, el Manifiesto Comunista, el Libro Rojo de Mao Tse Tung, y tantas otras patrañas pergeñadas por asesinos seriales de sus propios pueblos. Y esto no es nada nuevo por cierto. También nosotros tuvimos La Fuerza y el Derecho de las Bestias, supuestamente escrito por un nefasto dictador cuyo accionar podría ser definido precisamente con ese título. Y varias generaciones de estudiantes se vieron obligadas a “estudiar” todo el año La razón de mi vida, en la currícula donde antes incorporábamos las bellezas de la literatura americana y española. Y vayámonos preparándonos para el libro de la arquitecta egipcia con ínfulas napoleónicas… ¡Flor de mamotreto puede hacerse tan solo con transcribir sus discursos en cadena!
Es que poco a poco, la humanidad está descubriendo la volatilidad, la fugacidad y la irrelevancia global de casi todo lo que circula por Internet en forma de catarata informática apabullante de la cual muy poco es lo que registra el cerebro en condiciones normales, cuando no hay un criterio analítico y selectivo para usar estos nuevos medios tecnológicos. Lo vemos en nuestro país, donde además los jóvenes van perdiendo la capacidad de leer y escribir, requisito mínimo para insertarse en el mundo del conocimiento. Han contribuido a esto las sempiternas y sucesivas crisis argentinas, que han llevado a los educandos a estudiar por apuntes de baja calidad, con ilustraciones defectuosas, y con destino de destrucción probable ya que no puede formarse una biblioteca con papeles rotosos y descoloridos. Claro que se trata de un problema educativo que incluye la pobre formación de los maestros e incluso la de muchos profesores universitarios, y la ausencia de una política educativa inteligente. Lo que hay en cambio es la imposición de un facilismo destructivo en el que se pretende nivelar para abajo y mantener –premeditadamente- un bajo nivel de conocimiento en la población para poder manipularla mejor.
Los fundadores de esas empresas ideológicas de sometimiento que llamamos religiones, las más de las veces con tan buenas intenciones como las de ordenar moralmente a la sociedad, siempre supieron de la trascendencia del libro. Allí están la Biblia, El Corán y la Torá, para corroborarlo. Lo malo es que ciertos hombres con escaso desarrollo intelectual o tendencias místicas se fanatizan, y son capaces de cometer las peores aberraciones en nombre de sus libros. No hace falta recordar las pruebas que nos aporta la historia sobre esto. Lo seguimos viendo a diario. Alguien dijo o escribió alguna vez “Desconfía de los hombres de un solo libro”. El fanatismo irracional se combate con muchos libros, no con la adhesión irracional e incondicional a uno solo de ellos.
La velocidad de las pantallas que hoy nutre a nuestros jóvenes deja en sus cerebros un maremágnum de noticias entremezcladas sin análisis de su relevancia ni de su veracidad, con el resultado final de una confusión de proporciones gigantescas. Según relata en unos de sus escritos el eminente experto en medicina y educación que es el Dr. Jaim Etcheverry, autor del libro La Tragedia Educativa, entre muchos otros, hasta el mismísimo creador de Facebook, Marck Zuckerberg, de cuya inteligencia no puede dudarse, se ha propuesto leer dos libros por mes puesto que “los libros permiten explorar un tema de manera completa mediante una inmersión más profunda que la que hacen posible la mayoría de los medios actuales”.
El historiador norteamericano Daniel Boorstin, profesor, abogado, escritor y bibliotecario de la Biblioteca del Congreso en Washington antes de su fallecimiento en 2004, dio en el clavo al señalar que sostener la vitalidad del libro “es afirmar la permanencia de la civilización frente a la velocidad de lo inmediato”.
Los niños y los jóvenes que no leen pueden estar entrenados para alguna actividad en particular, pero no significa ello que sean personas educadas en el sentido que siempre se le dio al término. Adquirir habilidad con las nuevas tecnologías no da un sentido a la vida humana. Constituye sí una herramienta esencial para vivir, pero nada tiene que ver con la cultura, la introspección y el razonamiento que ayudan a tomar decisiones vitales equilibradas. También hay una cierta soberbia juvenil que no invita a la lectura. Muchos imberbes incluso desprecian sus padres por que no tienen las habilidades de los nativos digitales, olvidando que ellos tuvieron que enseñarles cosas tan elementales como usar un tenedor o lavarse las manos y los dientes.
Los libros conservan la memoria del pasado, y salvo que los destruyamos, nunca se les rompe el disco duro. Gracias a los libros y a lo que hemos estudiado y aprendido en ellos sabemos de la epopeya humana y de lo que sucedió en ella aún antes del advenimiento de la historia. Ese saber se hizo universal con Gutenberg y la difusión masiva posterior lo puso al alcance de todos. ¿Quién sabría hoy lo que sucedió en Asiria, Babilonia, Egipto, Grecia y Roma, si no fuera por los libros?
No tardará mucho el inconsciente colectivo en traer a la conciencia lo evidente: que muchas de las lacras sociales derivadas de una educación deficitaria, y de la carencia de sentido moral, se deben a la insuficiencia de lectura en la formación individual, que llegan hasta el punto de que muchos jóvenes no solo no entienden lo que leen, sino que son incapaces de leer de corrido un solo párrafo sin trastabillar en el lenguaje. Los que hemos sido educadores durante muchos años, hemos asistido a ese proceso de decadencia, muy lamentable en un país como la Argentina que durante muchos años fue el faro de América y un ejemplo para el mundo en materia educativa, habiéndose alfabetizado su población antes que las de España e Italia por ejemplo, gracias a la presencia de un maestro y político como el gran sanjuanino Domingo Faustino Sarmiento. Paradójicamente, él es hoy uno de los próceres denostados por los ignorantes de la política, que nada han leído para llegar a ser más honestos y comprometidos con el progreso económico, intelectual y moral de su país.
Ese mecanismo extraordinario de adaptación humana que llamamos Cultura, exclusivo de nuestra especie, y que nos nutre a todos a través de las generaciones, no hubiera sido posible ni tan preciso tan solo con la tradición oral. Parafraseando a un viejo apotegma latino referente a los elixires de las uvas, podemos exclamar con certeza: “In libris, veritas”. En los libros, está la verdad.

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