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Lugar: La Falda, Córdoba, Argentina

El titular ha superado los 25 años en la actividad periodística, habiendo participado de los medios gráficos de la región, ha sido director de medios radiales y ha hecho televisión, fue corresponsal de La Voz del Interior.

sábado, 25 de julio de 2015

Respuesta a mi amigo Néstor Pousa

Por Alberto E. Moro

¡Hola amigo Néstor! ¡Al fin puedo contestar una carta que por esta vez no es una diatriba! Quizás sea más difícil contestar los generosos elogios que me has prodigado sin perder el equilibro, que aquellas catilinarias de los que no admiten que alguien piense diferente, y que bien recordarás. Siempre es bueno ejercitar el noble arte de escribir intercambiando ideas con los colegas de la pluma, lo que quizás me permita explayarme sobre temas que hubieran resultado tediosos, cuando no inoportunos al momento en que tuve el gran honor de ser declarado Ciudadano Destacado del lugar en que vivo, hecho que jamás olvidaré y por el que estaré eternamente agradecido tratando de hacer honor a semejante distinción.
Siguiendo el hilo de tu carta, recuerdo muy bien que apenas llegado a esta ciudad, desorientado y algo asustado ante lo desconocido, recién instalado en la Avenida Edén 113, recibí la visita de tu papá (en la foto con Roberto Goyeneche) ofreciéndome publicidad para algún medio en que él actuaba o tenía, probablemente, algún programa de Tango. En cuanto lo vi, con su estilo canchero y entrador, su jopo ya canoso engominado y su verba aporteñada, me dije “éste es gardeliano y seguramente inmigrante interno como yo”. No obstante ello, no sintonizamos bien ese día, pues al rechazar yo su ofrecimiento simplemente por la prudencia de un recién llegado, se fue –me dio la impresión que un tanto amoscado- repitiendo en voz alta mientras bajaba la escalera: -¡Ya me va a llamar! ¡Sé que me va a llamar!
Después, andando el tiempo, fuimos intimando en reiteradas conversaciones cuando nos cruzábamos en la inevitable Avenida Edén. Una vez me llevó a su casa y vino varias veces a la mía a conversar, e incluso más adelante lamenté cuando me contaba sus peripecias de salud, en las cuales vislumbraba alguna mala praxis de las que tanto he visto en mi vida profesional, y que quizás se lo llevaron antes de tiempo a los floridos campos a los que todos iremos a parar algún día. También lamenté su partida, y asistí a un Acto en su memoria que –si mal no recuerdo- se realizó frente a la Estación de Tren de la Falda, al instalarse un monolito recordatorio. Me hubiera gustado poder hablar más largamente con él, pero en esos tiempos toda mi atención estaba puesta en ver cómo sobrevivir en mi nuevo lugar de residencia.
Volviendo al honor que me ha sido conferido, lo estimo muy reconfortante, pues cuando decidía venir a vivir a La Falda, mis pacientes del Barrio Norte de Buenos Aires, donde tenía mi consultorio al lado del edificio donde una jovencita “idealista” puso una bomba asesina bajo la cama de la hija del Almirante Lambruschini matándola y casi tirando abajo la cuadra entera, me decían que “estaba loco” al irme a un lugar donde nadie me conocía y donde la gente pensaría “¿A quién habrá matado éste que viene refugiarse aquí?” Lo mismo sucedía con los tres puestos en el Estado que tenía, uno como profesional y dos como docente… Para ellos, mis compañeros de trabajo, yo era un aventurero inconsciente con destino incierto y peligroso que se exponía al fracaso y a tener que volver “con el rabo entre las piernas”. No contaban con el drama demoledor que estaba viviendo… Dejo a tu criterio y al de los lectores calificar si hice bien o mal en venir a vivir a las sierras. Personalmente, creo que no me fue del todo mal, aunque empezar de nuevo fue muy difícil. En La Falda encontré el amor, amigos, y también mucho dolor. El amor y el dolor son dos gigantes del alma que parecen correr en vías paralelas, adelantándose el uno o el otro según las circunstancias y lo azaroso de la vida; pero siempre uno de los dos está acechando al otro para tomar la delantera al menor descuido. He ahí la complejidad de la existencia humana…
A veces he dicho, medio en broma y medio en serio, que mi mayor hazaña ha sido poder sobrevivir en La Falda sin haber logrado tener nunca un sueldo significativo, como los que tenía antes de venir, en todos los casos con sobrados y meritorios antecedentes. Aquí nunca pude trabajar en un hospital, en una clínica, o en el municipio, no obstante los numerosos pergaminos que podría exhibir de mis 20 años de antigüedad en la Dirección Municipal de Educación Física, Deportes y Recreación de la Ciudad de Buenos Aires, donde aún hoy se recuerdan mis emprendimientos, como bien puedo demostrar. Este es un tema del que nunca hablé, y es muy probable que ésta sea la última vez en que lo haga. También escribía allá para una revista, y además era Presidente de una Federación Deportiva Nacional y consejero del Comité Olímpico Argentino. El entrenamiento para hacer tantas cosas al mismo tiempo, y quizás la versatilidad que me atribuyes en tu carta, hayan sido los factores que me permitieron afincarme no obstante las dificultades apuntadas.
Celebro que me hayas dado pie con tu carta para el tema del periodismo, lo cual agradezco pues me permite fijar mi posición al respecto, que parece ambigua pero no lo es. Por honestidad intelectual, jamás he dicho ni he escrito que soy periodista, pues nunca estudié para ello. Considero simplemente que soy un escritor o un profesional que ha publicado desde siempre, allá y acá, en diferentes periódicos y revistas de divulgación o especializadas. Más bien soy, he sido, un objeto del periodismo a causa de mis actividades. He estado varias veces en los programas ómnibus de Pipo Mancera, y de Antonio Carrizo, y he sostenido infinidad de entrevistas radiales y televisivas, allá y acá nuevamente, a lo largo de más de medio siglo. Incluso, fui profesor en la primera Escuela de Periodismo Deportivo de Argentina, en la calle Rodríguez Peña de la Capital Federal, creada y dirigida por un conocidísimo periodista de entonces cuyo apellido era López Pájaro. Y el año pasado, en la Embajada de Italia en Buenos Aires, recibí una Mención de Honor en el Premio Italia de Periodismo para periodistas argentinos. Pero, reitero, no soy ni me considero periodista, por respeto a los que en verdad lo son.
En cuanto a tu observación de que no solo he cultivado las artes de cuerpo sino también las del espíritu, es cierto que lo he intentado, inspirado por el ideal griego del desarrollo armónico, pero también convencido de que la máxima aspiración de todos los seres humanos debiera ser la inalcanzable complementariedad perfecta entre lo físico y lo intelectual. No sirve plenamente una cosa, sin la otra. He tratado de llevar a la práctica la máxima del latino Décimo Juvenal, enunciada a principios de nuestra Era, hace más de 2.000 años: “Mens sana in corpore sano”, a menudo mal interpretada como que haciendo deporte habrá también mente sana. Lo que el poeta pretendía era inculcar que el desideratum a nivel individual era el desarrollo de ambos aspectos de la condición humana, anticipándose al concepto actual de que somos una entidad bio-psico-social.
En una sola cosa, comprensiblemente, te has equivocado, amigo Néstor: en que “mi obra más preciada” es el Museo del Deporte “Pierre de Coubertin” fundado hace ya –te corrijo- no 25 sino 28 años. Es cierto que soy obsesivo cuando me propongo algo, como dices, y que estoy infectado con el virus del coleccionismo, que se manifestó en mí desde muy pequeño y para el cual no tengo ninguna explicación lógica ni hereditaria ni adquirida. Pero el museo es un emprendimiento que podría calificar como frustro, pues si bien es reconocido internacionalmente, no lo es en la Argentina y está, muy probablemente, condenado a muerte. Son esos museos que alguna vez la UNESCO metafóricamente denominó “de padre único”, y que suelen morir de muerte natural cuando desaparece el loco o el entusiasta que los pergeñó y por ellos seguramente se empeñó...
Creo, en cambio, que sí será un legado mi obra literaria, también desconocida porque hoy son pocos los que leen, y porque para ser leído es necesario ser un “famoso”, tener un programa televisivo o un grupo musical, o ser alguien con gran exposición mediática. O entrar en círculos y circuitos con los que no he sabido conectarme. Si bien escribo en varios géneros, no hago ficciones prolongadas, tan solo cuentos en ese campo. La novela no me atrapa como autor, aunque sí lo ha hecho como lector. El ensayo histórico, antropológico o filosófico es el lugar donde más cómodo me encuentro a la hora de escribir. En él no solo es necesario el dominio del arte de escribir sino profundizar en el conocimiento científico, histórico o filosófico. Pensar, más que imaginar, dicho de modo más sintético. Suele citarse al famoso escritor norteamericano Truman Capote (1924-1984) quien en una oportunidad exclamó: -¡No vayan a creer que escribir es fácil! ¡Escribir bien es lo más difícil que existe! Y yo -frecuentemente lo he pensado- si alguien me preguntara: ¿Qué es lo mejor que hiciste, lo que mejor te salió en la vida, o lo que más te costó? Sin hesitar ni un segundo diría que es, simplemente, escribir aceptablemente bien. Fue un trabajo incesante y silencioso de toda la vida. Mi primer poema los hice a los 15 años, y será publicado encabezando un próximo libro que está en la gatera esperando la orden de largada. Nunca dejé de escribir, desde entonces. Cuando era deportista de competición, algunos de los compañeros de equipo me apodaban “El pluma”, porque con mis cartas conseguía resolver los numerosos problemas de infraestructura que enfrentábamos en los entrenamientos.
Es cierto, como dices, que el Bar al que acudo cotidianamente me está quedando cada vez más chico, pero es imprescindible aclarar ¡que no es porque yo me haya agrandado! (*) Ya aclaré en mi discurso de agradecimiento que las virtudes que pueda tener no son mérito mío, sino “eso” que Natura da y Salamanca non presta. Y, en consecuencia, no hay lugar en mí para vanidad alguna. Soy uno más que, como todos, hace lo que puede con entusiasmo dentro del marco que la propia sociedad le permite.
Y con respecto a mi supuesta pasión por el Tango, te cuento que si bien tuve la oportunidad de crecer en Buenos Aires durante la época de oro de esa música tan popular, tardé un largo tiempo en valorarla, porque mi lengua materna era el italiano y mis preferencias infantiles eran para las canzonettas y las arias de ópera, que escuchaba una y otra vez en un gramófono a manivela, al que había que cambiarle la púa en cada canción. Mis ídolos, entre otros, eran Carlo Buti, Beniamino Gigli, y Tito Schipa. Los discos eran de pasta -todavía tengo unos cuantos- y solo admitían una canción de cada lado. Más tarde, a fuerza de escucharlos y recorrer las pistas, boliches y bailongos de la ciudad, me hice “fana” del gotán, aprendí las letras para cantarlas bajo la ducha, y volqué esas experiencias en un libro cuando pensé que La Falda Tango lo necesitaba para completar el abanico de expresiones tangueras. He creído observar en vos una transferencia generacional parecida, aún en ciernes, desde el Rock en dirección a ese Tango que cada vez suena mejor, como Gardel “el bronce que sonríe”, y siguiendo o retomando en cierto modo los senderos recorridos por tu padre.
Me pareció muy ingeniosa la transpolación de edades que haces en tu juego de palabras, así que desde ahora te veré como el Néstor de La Illíada homérica, ¡que era un viejito que se las sabía todas y que aconsejaba a los héroes! ¡Podrás decir que me tuviste en brazos!
Infinitas gracias por tus generosas apreciaciones. Como efímeros pasajeros de esta nave espacial llamada Tierra somos, o deberíamos ser, todos iguales sin tener en cuenta los pretendidos abismos de la edad, por lo que soy yo el que se honra con tu valiosa amistad. Como has adivinado, aún no me ha llegado, y creo que nunca lo hará, “el reposo del guerrero”, como se titulaba un libro que fue popular en su tiempo. Digo esto sin perder de vista que Cronos, uno de los Titanes de la mitología griega siempre hace su trabajo destructivo, silenciosa pero contundentemente, como seguramente algún día se verá...


(*) Se refiere a la confitería Bon-Con de La Falda, que en muy poco tiempo ha ido achicando sus espacios para habilitar locales comerciales.
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