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Lugar: La Falda, Córdoba, Argentina

El titular ha superado los 25 años en la actividad periodística, habiendo participado de los medios gráficos de la región, ha sido director de medios radiales y ha hecho televisión, fue corresponsal de La Voz del Interior.

sábado, 18 de julio de 2015

Educación Humanista: un campo unitario de reflexión

Por Enrique Carlos Robles

Cuando preguntamos qué implica el ciclo de la pobreza, encontramos estos indicadores: alto nivel de desocupación, mala instrucción, ocupación mal remunerada, bajos índices de motivación, visión fatalista de la vida, altos índices de alienación y disociación familiar, entre otros factores.
Todos ellos resultan ser los componentes constitutivos del comportamiento violento adquirido.

Un determinado sistema de valores y también la violencia, la desigualdad, y el individualismo de la calle, tiene sus formas reflejas en la estructura educativa.
La indiferencia ante el compromiso concreto en la educación y nuestra frecuente actitud de reserva ante el problema de la paz en el mundo, y ante el que actuamos como si la guerra y la muerte fueran el otro de nuestra cultura; pone de manifiesto la superficialidad con que tratamos a la violencia en todas sus formas.

Es de difícil tratamiento la cuestión de la Paz mundial, porque no solo está referida a la relación exterior entre los Estados sino que es inherente a la valoración de la Paz que se halla presente en la cultura particular de cada población: “Lo que vale para los individuos de un Pueblo, vale también para los Pueblos vistos como individuos“ afirmaba Immanuel Kant, en su Filosofía de la Historia, cuando nos advertía sobre la importancia de la formación en valores y el respeto por la paz, y destacaba que ningún Estado debe inmiscuirse por la fuerza en el gobierno de otro Estado o simplemente que la paz perpetua es el desafío más importante que debe afrontar la racionalidad humana .
Sin embargo, el siglo XX mostraría el fracaso de esa racionalidad ilustrada. El mundo se debatía entonces, entre las guerras civiles internas y los conflictos internacionales de Estados y lejos de planificar una educación en valores, el aparato de propaganda y la cultura de masas exaltaban la confrontación ideológica en esquemas encubiertos que ni siquiera hoy nos permiten ver con suficiente claridad la diferencia entre el estado de guerra y el de paz, como en el caso de la guerra fría y el terrorismo de nuestro siglo.

Cuestionarse el problema de la paz, es preguntarse una vez más: cómo se garantizan los derechos del ciudadano, la libertad de prensa, la independencia judicial o la prevención de la violencia para restablecer la confianza en el orden público. La paz del mundo es tributaria del estado de derecho de los pueblos.
El imperialismo, con su retórica política de la garantía del orden y la defensa de nuestra forma de vida, funda sus expectativas en la guerra contra el terrorismo, reformulando la doctrina de la Pax Romana; que ya sabemos es la paz interna sostenida merced al conflicto con los vecinos.
Tampoco garantizamos nuestros derechos con las democracias liberales. Los dos aspectos de la política liberal, esto es: La libertad espiritual y la libertad de comercio sintetizan el ideal del liberalismo, en donde resulta que: “El espíritu es libre para toda especie de crítica y el dinero es libre para todo tipo de negocios“. Por ello mismo, resulta posible hablar de la libertad de prensa y al mismo tiempo aceptar que la prensa le sirva a quien posee el dinero. La política se transforma en economía y el consumidor ocupa el lugar del ciudadano.

Consolidar la paz social es el propósito del humanismo de nuestros días. Un programa de educación debe considerar entre sus contenidos y en profundidad la cuestión de la seguridad pública. Esto es: las leyes y el orden, y a su vez debe ser estudiado en forma articulada por las instituciones civiles en tiempos de paz. No por el ejército ni por las pequeñas camarillas que dirijan circunstancialmente la representatividad republicana. Pues si bien los gobiernos deben ser populares y los pueblos no tienen mejor forma de ser gobernados si no por las democracias electorales; la mayor garantía sigue siendo la formación de valores espirituales.
Cuestiones sustanciales de la vida social como la pobreza extrema, la exclusión social y laboral, el paro, la subocupación, la dependencia que crean los medios de producción enajenados y la desigualdad generada por la injusta distribución de las riqueza, ofrecen un panorama desmoralizante para las nuevas generaciones que no encuentran en la Escuela un soporte para su proyecto personal de vida.
La contención socio-afectiva en la experiencia escolar y las vivencias cotidianas, consideradas como condiciones iniciales de aprendizaje, resultan ser una fuente de inspiración muy favorable para el pensamiento creativo. Pero resulta insuficiente para determinar la imagen de mundo que caracteriza a una época y para lograr entender la producción del conocimiento de la misma en sus diversas áreas. Para ello es necesario emplear una morfología social de la historia y una teoría del sujeto que permita interpretar dicho clima intelectual, las necesidades vitales y la actividad de la ciencia y la técnica en cada momento histórico.
Esta es la tarea esclarecedora que le corresponde a la educación, y ello no se produce en la Escuela de la contención social ni en la escuela enciclopédica. Hoy debemos enseñar a visualizar un campo unitario de reflexión, en donde sintetizar la teoría y la práctica de un modo sistemático y con la creación de espacios destinados a este estudio y discusión. De lo contrario el problema de la violencia y de la paz continuarán en el plano de la abstracción. Es indispensable entonces, desarrollar un programa de formación en valores, con contenidos curriculares específicos para nuestros Colegios Humanistas.

El mercado primitivo crece hasta convertirse en ciudad culta y finalmente en urbe mundial. La globalización parece ser el destino de toda cultura que se cristaliza en una civilización. Esta podría ser la mirada particular de una morfología de la historia, que nos indica que en forma similar a lo ocurrido con la aparición de la imprenta oportunamente; hoy la revolución en las comunicaciones, la concentración urbana, los cambios aparejados al modo de producción capitalista financiero, el reparto territorial del mundo, la muerte del patriarcado, dan la apariencia de que una forma de cultura ha llegado a su madurez y que nos encontramos en un estadío de tránsito como le ocurriría a los hombres del cuatrochento que ante los cambios ocurridos se mostraban perplejos .
Ahora se encuentra ampliamente excedida la apertura de mercado que ofrecía en esos días el descubrimiento del nuevo mundo y la creación de una banca internacional para la administración de las Indias; hoy estamos frente a la fusión del capital bancario e industrial, a la exportación de capitales en lugar de mercancías, a la formación de asociaciones Internacionales monopolistas de capital. Y a la mitad está el hombre: reificado – cosificado.

De hecho que vivimos en un mundo histórico en donde no hay verdades eternas. Toda filosofía es expresión de su tiempo y solo de él. Pero la muerte como problema permanecerá como una pregunta abierta y la cuestión de la Guerra y la Paz es de esta índole. Porque toca algo íntimo en nosotros que es elegir entre la Libertad o el determinismo de la naturaleza. Esto es: Asumirnos como sujetos libres capaces de convivir en el respeto de las leyes y en armonía con nuestros semejantes y con el planeta tierra o aceptar la voluntad de dominio justificando nuestros actos en una suerte de Darwinismo social.

Creo que este es el campo unitario de reflexión. Creo que en ello consiste el humanismo de nuestro siglo.

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