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Lugar: La Falda, Córdoba, Argentina

El titular ha superado los 25 años en la actividad periodística, habiendo participado de los medios gráficos de la región, ha sido director de medios radiales y ha hecho televisión, fue corresponsal de La Voz del Interior.

sábado, 17 de enero de 2015

Rasgos del PCI de Cosquin

Por Alfredo Ferrarassi

Punilla a pesar de contar con numerosas fiestas, debemos señalar que las mismas han surgido como fruto de contar con eventos para ofrecer al turismo y su influencia dura el tiempo que dura la misma. Es decir no cuenta con aprobación comunitaria más allá del evento en sí y los beneficios que puede generar.
También las actividades productivas que dejaban una tradición de técnicas y rituales, se perdieron con el correr del tiempo, así dejamos de ser productores de productos agrícolas como la remolacha azucarera, el trigo, maíz, tabaco, no como producción extensiva, sino intensiva en bolsones fértiles. Así mismo se contó con artesanías en tejidos y la producción minera con elogiables trabajos arquitectónicos y artísticos de los picapedreros, pero el “progreso” arreció con esta actividad, siendo hoy totalmente inexistente.
Esto nos lleva a plantearnos volver a las razones de la inversiones que hicieron de Punilla un lugar único en el país. Sin duda el primero en advertir y aconsejar la construcción de un FFCC para conectar esta zona con el resto del país y el mundo fue Sarmiento, un estadista y visionario, que imaginó las bondades del clima, al cual comparó con los mejores del mundo.
Construido el Ferrocarril Córdoba y Noroeste, la aparición de centros hoteleros era solo cuestión de tiempo, a la par que también llevaba la producción a Córdoba. La vida rural dejó lugar a poblados con notables desarrollos. Sin duda el flagelo de la tuberculosis fue determinante de éste ya que convirtió el clima, no solo en la única alternativa para aliviar el mal, sino en la prevención del mismo.
Si nos extendemos, es porque queremos arribar de manera fundamentada a lo que consideramos, más allá de las vaciadas fiesta patronales, la más importante manifestación del PCI punillano y también consideramos necesario tener en cuenta las variables que lo sustentan.
En efecto, si bien algunos pueblos crecieron gracias a un disimulado turismo salud, hubo un pueblo, el primero donde funcionó un sanatorio para enfermos pulmonares y si bien estaba en Santa María para aquellos años, fue en Cosquín donde se radicaron quienes se recuperaban y se encontraban imposibilitados de retornar, un tanto porque los habían abandonado “sus familiares” allí y otro porque vivir dependía exclusivamente del clima benigno del valle.
Antes debemos señalar que fue en Cosquín donde el gobierno reconoció la propiedad de la tierra a la comunidad indígena (así reza el decreto respectivo), en un caso inédito de reivindicación de los ancestros de nuestro territorio.
Tantos los habitantes tradicionales de la capital departamental, como los de la comunidad nativa, como quienes se debían afincar forzadamente en esta ciudad se integraron y fueron quienes soportaron el aislamiento a que los sometió la sociedad. Estuvieron aislados, discriminados, olvidados. Todo esto generó un tipo muy particular de vecino, apegado a las tradiciones por el combo señalado de integración, más la imposibilidad de contactos masivos con el turismo, que es generador de cambios y aculturación por su dinamismo social y económico. Lo cierto es que entre los “enfermos” que se repusieron en las tierras al pie del Pan de Azúcar, el Supag Ñuñu, estuvieron grandes poetas y escritores nacionales, hombres de teatro, lo que posibilitó una sociedad de un nivel cultural diferente al resto del valle.
El aislamiento se prolongó por años y si bien pasados los cincuenta, ya no se tapaban la nariz con un pañuelo cuando pasan el colectivo o el coche motor por allí, lo cierto es que el tiempo se detuvo en sus calles, mientras el resto tenía un desarrollo desmedido, desde Carlos Paz a Capilla del Monte, pasando por La Falda y La Cumbre, ellos habían quedado atrapados en un limbo inentendible, lo cual llevó a su comunidad a buscar una salida a esa situación, así entre todos, desde encumbrados tisiólogos a humildes jornaleros crearon una Comisión que organizó aquello que los representaba: el folklore.
Entre el 21 y el 29 de enero de 1961, en la ruta nacional 20, se hizo el primer Festival del Folklore, luego añadirían el Nacional al adquirir la fiesta esta categoría. En los 2000 se dijo que ese “corte de ruta” fue el primer piquete cultural argentino, ya allí en las calles nació una de las manifestaciones más notables de la música y la cultural nacional y latinoamericana.
Aquí es donde se debe separar el actual estado del festival mayor con 54 ediciones altamente comercializadas, de todas las otras actividades culturales que lo tornan merecedoras a ser protegidas por ser el patrimonio intangible de nuestro folklore y donde se conservan las expresiones más puras de la argentinidad (sin hacer alusión ideológica a ninguna expresión nacionalista).
Tenemos entonces que durante nueve noches o lunas como gustan llamarlas, Cosquín se convierte en la Capital Nacional de la Cultura, aunque esto aún no este visualizado, pero sin dudas todo lo que genera en este aspecto, la hace merecedora de esta cualidad.
En efecto, más allá de la Plaza Prospero Molina, hay otro “festival” el cual es representativo de la comunidad y de todos los sectores que la componen, entre ellos el erudito que también tiene su espacio reconocido dentro de esos elementos que componen el Festival en sí, pero que por sí solos son también elementos dignos de consideración.
Antes de avanzar, es necesario aclarar, que la realización de este tipo de eventos afirma la plena vigencia de los derechos culturales y no se limita a lo estrictamente musical, sino que permanentemente incorpora otros elementos que conforman ese universo de las festividades populares, así desde hace un par de años de celebra la Pachamama, en sentidos actos que cada vez ganan mayores seguidores dentro del amplio abanico de actividades que se realizan.
Antes debemos señalar que el Festival musical, el de la Plaza del Folklore cada vez se comercializa más, se invagina en sí mismo con tribunas que lo aíslan de la festividad popular de las calles y bien es cierto que es el PCI tradicional y que la “modernidad” con todos sus aportes de difusión lo convierten en dinámico, lo cierto es que este proceso no está determinado por la comunidad en sí, sino por los intereses de los sellos discográficos que son quienes imponen una grilla o la consagración de un artista, de allí que sea necesario recuperar aquel espíritu primigenio, con todos los cambios epocales que se han producidos, por lo tanto inscribirlo para su salvaguardia como expresión de la música de un continente, evitando así termine vaciándose y convirtiéndose en un show business.
A continuación veremos esos otros elementos que conforman el fenómeno festival en sí y como cada uno de ellos es a su vez un elemento que también merece ser salvaguardado. En primer lugar, para seguir la cronología histórica, referirnos a la Feria de Artesanías. Ésta se inició para difundir la producción artesanal en su más pura expresión, en la primeras ediciones se trajeron comunidades Wichis, Tobas y Mocovies, las que se establecieron en la Plaza San Martín, reproduciendo su habitad y realizando sus actividades “en vivo” lo que significó que la mayoría de los concurrentes pusieran tener conocimiento de una realidad que quedaba oculta.
Posteriormente la Feria llevó el nombre Agusto Raúl Cortázar, un reconocido folklorólogo que difundió los valores de aquel y como justiciero homenaje a uno de los más reconocidos representantes de nuestra música. La Feria se fue complejizando, se amplió notoriamente y se instauró un Jurado que premió la mejor obra, la cual sería comprada por la Comisión Municipal del Folklore y formaría parte del Museo de Artesano, otro elemento que en sí mismo merece ser salvaguardado, ya que a lo largo de las décadas se ha “extraviado”, perdiéndose así notable piezas representativa de un quehacer que en su propio dinamismo se transforma con el correr del tiempo sin perder su esencia.
Con la vuelta de la Democracia, se comenzó a dictar el Congreso del Hombre Argentino, evento donde se abordan temas diferentes cada año, habiendo sido “Cosquín Patrimonio Intangible” uno de ellos. Cada edición congrega especialistas de todo el país y del exterior que tratan temas referidos a aquella parte erudita que tiene nuestra música y cultura popular.
Antecedente de esto han sido aquellos legendarios “Ateneo Folklórico-cultural para locutores y maestros de fronteras”, donde por años se reunieron aquellos que desde la vulnerabilidad de las fronteras luchaban por preservar la identidad argentina frente a la penetración cultural. Aunque posteriormente se llegaría a la conclusión que la pérdida real no venía desde los países limítrofes, donde el regionalismo era en definitiva lo que se levantaba, el cual no tenía divisiones geopolíticas, sino una tangibilidad e intangibilidad por fuera de los estados, el peligro sí era la “frontera” porteña por donde venía la europeización que desconocía nuestros valores.
Esa parte cultural se complementa en la Escuela Fiscal (ex Laínez) Julio A. Roca, con una exposición de obras de arte y el “Encuentro de los poetas que cantan a la gente”, que congrega a hombres de letras para debatir sobre el tema, para escuchar a los autores leer sus escritos y oír a cantores que se destacan fuera del circuito comercial. Es este elemento otro de aquellos que se deben inscribir para su preservación, porque es donde se nutre un público ávido de propuesta serias y con contenido.
En el escenario “Atahualpa Yupanqui” se lleva adelante una grilla a veces cargada de política, vacía de contenido, llena de partidismo, atendiendo los requerimientos del mercado discográfico y televisivo, mientras en las arterias se desarrollan los Espectáculos Callejeros, donde representantes de la expresiones no convencionales, de las de proyección, de las más tradicionales ponen a consideración del pueblo sus obras, de ellos sale un ganador, el cual como premio puede cantar un par de canciones en el escenario mayor, aunque esto no signifique consagración y menos continuidad, es una licencia que el sistema les da para renovar su pátina de democráticos ante la opinión pública y los medios.
En las calles late ese folklore diferente, esa expresión incontaminada del PCI que por suerte en esta especie de “Fiesta de San Juan”, aquella que cantara Serrat, nos permite esta diversidad cultural que es un distintivo único en su género.
Por último, en los festivales anteriores al 2010, era un clásico de la pintura nacional las obras de escenografía, aquellos telones que pintaban por caso Rafael Reyeros y Carlos Domínguez, uno escenógrafo profesional, el otro un plástico coscoíno que transformó las figuras humanas a partir de aquellas producciones que se renovaban noche a noche, luna a luna. Hoy la tecnología del led reemplazó aquellos fondos de lino pintado, perdiéndose así un elemento que en sí mismo ocupaba un lugar legítimamente.
A nuestro juicio, como historiadores, aquella influencia apareció mixturándose con una tradición pictórica como es el muralismo, así las calles de Cosquín se poblaron de éstos con obras de arte que se perdieron con el tiempo y el “progreso”, pero que se renueva con los encuentros de muralistas americanos, allí aquella temática de los telones aparece con otras técnicas, pero idéntica en cuanto al tratamiento conceptual.
Es que Cosquín no se limitó solamente a una plaza, sino que vive venciendo, en el buen sentido, aquella discriminación que por las enfermedades pulmonares debió padecer, es patrimonio artístico, poético, expresiones populares y eruditas, es una expresión abarcativa de una manera de percibir la realidad, son aquellos elementos que se expresan en la música, en las comidas típicas, en la danza, donde lo tangible cobra vuelo intangible, donde reside una manera de sentir esa manifestación cultural y que por la variedad de elementos se debe preservar para que las necesidades comerciales no terminen destruyendo las mismas.

+PCI: Patrimonio Cultural Inmaterial

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