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Lugar: La Falda, Córdoba, Argentina

El titular ha superado los 25 años en la actividad periodística, habiendo participado de los medios gráficos de la región, ha sido director de medios radiales y ha hecho televisión, fue corresponsal de La Voz del Interior.

viernes, 10 de octubre de 2014

Hubo un tiempo…

Por Alberto E. Moro

Los albores de la epopeya humana

Hubo un tiempo, mis amigos, en que una nueva especie hizo su aparición sobre la Tierra. Una más entre las infinitas que había. Una de las últimas en sumarse a la fiesta de la vida que ya llevaba muchos millones de años de evolución en esa especie de moho insignificante en su espesor relativo que cubre el planeta y que llamamos “biósfera”, que algún día se formó, y en un futuro afortunadamente muy lejano desaparecerá.
Llegada desde el pasado, ésta neo-sub-especie entre los primates, evolucionada a través de sucesivas modificaciones adaptativas, parecía estar condenada de antemano a extinguirse prontamente, pues no tenía ninguna de las defensas contra el clima y los depredadores que poseían otras variedades biológicas. Ni piel abrigada y vellosa, ni púas ni veneno, ni olfato delicado, ni dentadura aserrada y filosa, ni garras poderosas, ni gran tamaño, ni fuerza descomunal, ni velocidad ni gran agilidad para desplazarse. Solo una endeble estructura vertical que se mantenía erguida a duras penas sobre unos pies muy pequeños. Y una buena vista, pero no tan penetrante como la de las águilas, ni tan multifocal y multifacetada como la de las moscas y otros insectos.
Ni siquiera tenía una buena dependencia de un instinto infalible, sino que contaba en su estructura psicológica con una gran parte de libre albedrío que le permitía optar por distintos caminos sin saber cuál podría ser el mejor. Podría haber pensado un observador imparcial hipotético (ya sabemos que no lo había), que estaba condenada a la pronta desaparición, abrumada por las asechanzas de todo tipo a las que estaría expuesta al no contar con las defensas apropiadas para la durísima lucha por la vida que tan bien vislumbró e identificó Darwin en su libro El origen de las especies. Pero su gran inventiva le proveyó de novedosos instrumentos de piedra y de madera con los que pudo suplir sus deficiencias, iniciando así el largo camino de las adaptaciones sucesivas que lo llevaron al progreso tecnológico comparativamente extraordinario que hoy usufructúa.
Desconocían estos nuevos ejemplares humanos que sus ancestros remotos habían abandonado la cuadrupedia y más tarde la braquiación arbórea liberando así sus manos, ese precioso instrumento que les permitió y les permitiría aún más manipular y llegar a dominar el entorno, modificándolo como ninguna especie había logrado hacerlo jamás.
Pronto descubrió que no estaba solo y era gregario, y que un irrefrenable impulso lo llevaba a aparearse con el sexo opuesto, y que no pocas veces, como en otras manadas, debía luchar con sus congéneres para poder hacerlo. Tampoco asociaba en un principio las consecuencias de ese acto impulsivo tan placentero y efímero. El instinto no hace preguntas, y en algún momento no supo que la consecuencia de “la bestia de dos lomos” es la prole. A través de los días veía engordar a su pareja hasta que en un momento dado asistía con gran asombro al milagro de la vida, una vida tan pequeña a la que también por instinto debía proteger y alimentar, desarrollando de ese modo el sentimiento del verdadero amor para siempre, que es de los padres hacia sus hijos. Pronto aprendería también con dolor acerca de la extraordinaria fragilidad de esa vida, de sus vidas, las que lo acompañaban y la propia en ese eterno deambular para conseguir el alimento indispensable.
Al tener que procurarse el sustento en largos recorridos de recolección y caza de vegetales y otros seres vivos con los que podía alimentarse, pronto supo que mil asechanzas lo esperaban en los llanos, en las montañas, y en las aguas. Había animales peligrosos, cambios climáticos peligrosos, y otros hombres aún más peligrosos de los que debía huir para salvar su vida. Con esto último comenzaba esa lucha por un lugar en el mundo, que miles de años después intentaría moderar la política.
Los aleros y grutas rocosas, o bien las protecciones del follaje le servían de guarida sobre todo por las noches, que en ciertos períodos eran extremadamente frías. Descubrió así que las pieles vellosas de los animales que cazaba podían servirle de abrigo y que cortándolas con piedras afiladas y uniéndolas con tendones secos de otros mamíferos podía amoldarlas mejor a su cuerpo protegiéndose de los rigores del clima y las rispideces del terreno en el que estaba obligado a moverse para procurar el sustento.
Una de las cosas que más le preocupaban y le quitaban el sueño, era la incertidumbre de no saber si el sol, esa luz intensa y confortable que le calentaba el cuerpo y el alma, volvería a aparecer al día siguiente. ¿Qué sería de él sin el sol? En la oscuridad no podía procurarse el alimento, y la sensación de peligro lo aterrorizaba. Algunas noches que se repetían a menudo, esa gran señora de la noche que era la luna llena, iluminaba su incipiente espíritu calmando su ansiedad. Esas incertidumbres y esas necesidades lo llevaron a pensar que en su desamparo e insignificancia, algún designio superior e incomprensible era responsable de lo que a él le sucediera, por lo que decidió rendirle pleitesía a esos astros, haciéndole ofrendas de distinto tipo con las que pretendía asegurarse de algún modo la necesaria protección. No imaginaba que esa incertidumbre, ese desamparo, junto a la única certeza en horizonte humano que es la de la muerte, harían que esos cultos se fueran perfeccionando y complejizando hasta constituir lo que hoy llamamos religión. Un apoyo imaginario, un designio superior contra el poder de los elementos desatados y el imprevisible destino de su propia existencia, ante los cuales se sentían desamparados, hicieron que los hombres crearan dioses a su imagen y semejanza, ante los cuales rezan e imploran en todas las culturas la protección necesaria para seguir viviendo.
Un día venturoso, el día en que Prometeo le robó el fuego a los dioses para dárselo a los hombres como cuenta la leyenda, quizás por algún rayo que cayó cerca de él, incendiando las hojas secas, supo que un poderoso elemento se incorporaba a su vida para bien o para mal, como todas las cosas humanas. De inmediato constató que ese fuego podía ser muy peligroso para él, pero también muy ventajoso. Algunos frutos y algunos restos de su caza se hacían comestibles y sabrosos aproximándolos a las llamas. Cuando consiguieron el fuego, probablemente eran las mujeres las encargadas de cuidarlo para que nunca se apagara. Pero pronto aprendieron también a producirlo al calor de la fricción de elementos vegetales de fácil combustión. Porque ese fuego se había hecho indispensable. Ahora también había luz en la oscuridad. En las gélidas noches de invierno, él y su familia dormían cerca de las llamas y el rescoldo, que calentaban el alma y le daban seguridad.
Poco a poco, los sonidos guturales que emitía su garganta fueron diferenciándose para identificar las cosas, llamar la atención, avisar de un peligro, y aún para referirse a las abstracciones que iban generándose en su mente. Había nacido la palabra, ese elemento auditivo que se desarrolló en todos los trogloditas, que servía para comunicarse cada vez con mayor precisión, y que tenía características particulares y muy diferentes entre todos ellos, lo que daría lugar a los miles de lenguajes que algún día podrían también transformarse en ideogramas susceptibles de ser escritos y difundidos. Muchísimos de ellos se han perdido para siempre, y hoy la humanidad camina hacia el sueño esperantista (*) de un lenguaje universal. O varios quizás, que aún no sabemos cuáles serán a lo largo del tiempo, pues nuestras proyecciones solo nos permiten avizorar un futuro relativamente cercano..
Esos grupúsculos humanos tecnológicamente primitivos cuyo testimonio más antiguo son los restos de “Lucy” encontrados en África en la garganta de Olduvai, presentaron desde su aparición una característica que aún hoy nos define, y que es la de expandirse e investigar todos los ámbitos, desarrollando estrategias y tecnologías cada vez más sofisticadas para subsistir en ellos, compensando con su habilidad las deficiencias defensivas de origen que hemos descripto al comenzar este escrito. No obstante, nunca les fue fácil afrontar las consecuencias de ese espíritu de aventura. Su lenta diseminación por el mundo fue rechazada una y otra vez a lo largo de los milenios por la furia de los elementos que nunca, ni antes ni ahora, han podido controlar. Hoy se sabe que grandes glaciaciones mataron a todos los humanos que ya habían llegado al hemisferio norte, por lo que milenio tras milenio, nuevas oleadas de nuestra especie plaga volvían una y otra vez colonizando las regiones más hostiles. Eso explica, a la luz de las investigaciones antropológicas, paleontológicas, arqueológicas y geológicas, que la presencia del hombre en Sudamérica sea más antigua que la de los países escandinavos, aun cuando sabemos que Europa y Asia fueron ocupadas y colonizadas por los primigenios africanos, naturalmente, mucho antes que el continente americano.
Esta epopeya colonizadora anclada, como hemos dicho, en las características ínsitas de la especie, fue una trabajosa y admirable marcha jalonada con el sufrimiento, el esfuerzo, las fatigas y las alegrías; con muchos logros pero también muchas tragedias, animada siempre por lo esencial de nuestra capacidad adaptativa, que es el gran recurso de la Cultura y su subsidiaria la Tecnología, siempre renovable y transmisible a través de las edades. Y ya estamos llegando a las estrellas, constituidas con el mismo polvo cósmico con que estamos hechos. Con amor, trabajo y esperanza, seguimos avanzando hacia un futuro quizás mejor. Desde Adán y Eva que, por supuesto, eran negros.

(*) El esperanto es una lengua auxiliar artificial creada por el oftalmólogo polaco Lázaro Zamenhof en 1887 con la esperanza de que se convirtiera en la lengua auxiliar internacional. El primer libro donde se describían las características del idioma, con el título La lingvo internacia (La lengua internacional), fue publicado por Zamenhof bajo el seudónimo de Doktoro Esperanto (Doctor Esperanzado); y esta palabra muy pronto se convirtió en el nombre de esta lengua artificial, no espontánea como las demás, sino creada adrede con un propósito determinado.

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