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Lugar: La Falda, Córdoba, Argentina

El titular ha superado los 25 años en la actividad periodística, habiendo participado de los medios gráficos de la región, ha sido director de medios radiales y ha hecho televisión, fue corresponsal de La Voz del Interior.

lunes, 27 de octubre de 2014

Fundamentos de la política y formas de gobierno

Por Alberto E. Moro

“La muerte es la guerra civil; la enfermedad es la sedición; y la salud es la concordia.”
Carlos Moya


Cuando la raza humana era tan solo una nueva especie que comenzaba a caminar trabajosamente el planeta con sus precarias defensas orgánicas, pero con nuevas capacidades en su sistema nervioso que le permitirían convertirse en una suerte de plaga destinada a adaptarse a cualquier medio ambiente mejor que ninguna otra, se hallaba en su “estado natural”, según la concepción de Thomas Hobbes (1588-1679), reconocido por casi todos como el fundador de la ciencia política. Al decir “todos”, me refiero nada menos que a Spinoza, Locke, Hume, Diderot, Rousseau, Kant, Hegel, Marx, y Weber, incuestionables personalidades de las ciencias sociales que sobre las bases creadas por él perfeccionaron nuestro conocimiento, más allá de la interpretación o importancia que puedan adjudicarse a sus investigaciones acerca de las grandes incógnitas que desde siempre inquietan a la sociedad.
Ese “estado natural” que bien conocieron todos los hombres y mujeres del mundo hasta hace alrededor de 10.000 años, era la anarquía de la organización social, si es que a ese estado tan primitivo de pequeños grupos o bandas familiares nómades y recolectores puede ser calificado como organización. Era una organización primitiva de núcleo, no una sociedad. Dice Hobbes: “…en dicha condición natural no existe propiedad ni dominio, ni distinción entre tuyo y mío; solo pertenece a cada uno lo que puede tomar, y solo en tanto que pueda conservarlo. […] no puede haber seguridad para nadie por fuerte o inteligente que sea.”
Sus desarrollos tecnológicos eran muy precarios. Ninguno de esos grupos podía alcanzar por sí mismo la complejidad de la tecnología actual, que es el resultado del esfuerzo conjunto de cientos de grandes grupos organizados en la Civitas de los latinos, y en la República de los modernos, es decir, la “civilización”, la sociedad organizada como una ciudadanía, en la cual cada individuo acepta y respeta sus propios límites.
Solo el surgimiento de un “inconsciente” y un “consciente” colectivos y re-transmisibles permitieron el desarrollo de tecnologías complejas como las que hoy disfrutamos, y en algunos casos sufrimos. Ningún grupo pequeños de hombres y mujeres derivados de un simple parentesco familiar, podría haber creado un submarino, un avión, la radiodifusión, la televisión, Internet, ni ir a la Luna y enviar satélites artificiales al espacio. Son realizaciones poli-grupales. Los ejemplos de esto son millones, aunque aquí citamos brevemente.
Una súper-estructura cada vez más compleja y sofisticada transferible de una generación a otra, que sintetizando podemos llamar Cultura, ha sido capaz de generar la acumulación de conocimientos necesaria para que todos los asombrosos logros tecnológicos observables hoy, pudieran concretarse. Y ello sucedió gracias a que los seres humanos consiguieron organizarse en amplias comunidades denominadas Estados, bajo el imperio de la Ley, en un acuerdo básico en el que todos cedemos un poco de nuestra libertad absoluta para respetar y no invadir ni el espacio ni las libertades ajenas.
Contradiciendo a los griegos antiguos que desde Aristóteles hablaban del zôon politikon, el animal político, Hobbes pensaba que, por el contrario, los hombres están lejos de llevar en su propia naturaleza el impulso de asociación gregaria que les permite vivir en sociedad, sino que el haber llegado a esa situación es el resultado de un trabajoso análisis y de una elaborada racionalización a través de los milenios, que los ha “sacado” de su originario “estado de naturaleza” semejante al de otros animales, para convertirlos en seres civilizados. Se trata de la oposición natural existente entre libertad y seguridad. A mayor seguridad, menos libertad. Y este es el conflicto permanente que debemos afrontar para alcanzar cierta paz a nuestro alrededor.
Según sus propias palabras, “el carácter de los hombres es por naturaleza tal que, a menos que los impulse el temor a un poder común, desconfiarán los unos de los otros y se temerán mutuamente. La condición de los hombres fuera del “Estado” no es otra cosa que la guerra de todos contra todos.” Es lo que se vislumbra y amenaza aparecer ocasionalmente aún hoy, cuatro siglos después, cuando un gobierno colapsa por ineptitud e incapacidad para proveer al bien común bajo el imperio de las leyes que él mismo vulnera sin pausa, dejando indefensos a los ciudadanos, librados a su suerte y obligados a defenderse por sí mismos con las nefastas consecuencias que son de esperar. Lo cito nuevamente: “…donde no hay poder común, la ley no existe; donde no hay ley, no hay justicia. La política, entonces, desde ya que unida a la Ética, sería en esencia la ciencia de lo justo y de lo injusto, de la equidad, de la inclusión, y no de la exclusión.” Como se ve, en la mayoría de los países, incluido el nuestro, queda mucho camino por recorrer…
Freud escribía, hace ya muchos años, que “La civilización es algo que fue impuesto por una minoría de individuos a una mayoría opuesta a ella”. Así es, pero es la condición necesaria para regular, cuando menos, la violencia implícita en el concepto absoluto de libertad.
Uno de los grandes precursores de la sociología moderna, Max Weber (1864-1920), puso sobre el tapete uno de los aspectos esenciales de la configuración del Estado, que es la institución social de la violencia como medio coercitivo solo utilizable por él: “El estado es aquella comunidad humana que en el interior de un determinado territorio […] reclama para sí el monopolio de la violencia física legítima.”
Desde el punto de vista “hobbesiano”, hay tres posibilidades de configuración para el Estado: monarquía, aristocracia, o democracia. En la monarquía el poder soberano se otorga a una persona, en la aristocracia solo una parte de las personas puede votar, y en la democracia votan todos.
En el sistema monárquico, antiguamente el soberano de rodeaba de una “corte”, mientras los regímenes de esa naturaleza que aún subsisten hoy son más que nada simbólicos, delegándose la potestad de gobernar en instituciones más democráticas o, si se quiere, aristocráticas.
Basados en la etimología del vocablo griego originario de su denominación, podemos suponer que en la aristocracia los “mejores” gobernarían para todos, aunque casi siempre se ha partido del concepto equivocado de que los mejores serían los “nobles”. En opinión de quien esto escribe, la aristocracia podría ser un buen sistema a condición, naturalmente, que se tratara de la aristocracia del intelecto y la honestidad, en lugar de la de una supuesta nobleza o posicionamiento social.
En cuanto a la democracia, que es el sistema más aceptado hoy, dista mucho de ser perfecto pues no todas las personas tienen la misma inteligencia, educación, discernimiento, y sentido moral para hacerse cargo de su responsabilidad a la hora de votar y comportarse públicamente.
En su obra cumbre, Leviatán (*), Hobbes tiene en cuenta otras formas de gobierno, a las que podríamos llamar ilícitas, tales como la tiranía y la oligarquía, puesto que no las considera nuevas formas políticas, sino deformaciones de las otras mal ejercidas por gobernantes inescrupulosos. Y en cuanto a la anarquía, que significa ausencia de gobierno, afirma “…que ningún hombre puede creer que la falta de gobierno sea una nueva clase de gobierno.”
El escritor y catedrático de sociología español Carlos Moya ha hecho una interesante e ingeniosa comparación, al argumentar que para los sistemas de gobierno, cuales quiera que éstos sean, “la muerte es la guerra civil; la enfermedad es la sedición; y la salud es la concordia.”
No caben dudas de que ningún sistema de los que hemos mencionado es perfecto, absolutamente equitativo y justo; pero debemos decir, sobrevolando el mundo con una mirada informada en lo antropológico y lo social, que hay innumerables signos y síntomas de que la evolución de la humanidad también continúa en el territorio de lo político. Y seguramente asomarán en el horizonte nebuloso de los pueblos nuevas formas de convivencia que acaben con la injusticia flagrante de que mientras un grupúsculo es inmensamente rico, más de la mitad de los habitantes del planeta viven en condiciones miserables, sin posibilidades de acceder al consumismo rampante que se les impone desde todos los ángulos.
Afianzar la justicia, consolidar la paz interior, proveer á la defensa común, promover el bienestar general, y asegurar los beneficios de la libertad es, o debiera ser, la finalidad última de la actividad política. Lo reclama, sin ir más lejos, el Preámbulo de nuestra propia Constitución Argentina.
El sentido común del poeta estadounidense Walt Whitman (1819-1892), también viene en nuestro auxilio: “A mi juicio, el mejor gobierno es el que deja a la gente más tiempo en paz”.

(*) Carlos Moya, catedrático español,
(**) Thomas Hobbes. Leviatán, Tomos I y II. Editorial Losada S. A., Buenos Aires, 2004

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