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Lugar: La Falda, Córdoba, Argentina

El titular ha superado los 25 años en la actividad periodística, habiendo participado de los medios gráficos de la región, ha sido director de medios radiales y ha hecho televisión, fue corresponsal de La Voz del Interior.

miércoles, 15 de enero de 2014

Una tragedia que nos conmocionó

Cuando nadie lo esperaba, sobre todo aquellos que no estamos vinculados con la seguridad, nos anoticiábamos, una hora después de concluido el fenómeno metereológico del último viernes, que el torrente de los 35 milímetros de lluvia que se habían descargado sobre la ciudad, en veinte minutos, dejaban como saldo la desaparición de una mamá con su bebé.

La crónica dice que Raquel de Fuica y su pequeña hija de dos años fueron arrastradas por la crecida que se dio en el arroyo seco Los Espinillos -para algunos La Quebrada, ya que el canalizado se inicia en la confluencia de esa calle con Av. Argentina- que recibe el decantado de aguas pluviales que se deslizan, por el noreste, desde Barrio Villa Orbis y desde el sureste lo que provee Barrio Villa Edén y que es colectado por las calles Maipú y 9 de Julio. Precisamente, unos doscientos metros más abajo de su nacimiento, cuando hace su paso por calle Bahía Blanca, donde el ancho del canal no alcanza los tres metros, allí se produjo el hecho trágico.

Minutos antes de que la noticia llegara a los medios de comunicación, ya todos los organismos abocados a seguridad habían iniciado la búsqueda, así pudo observarse a la policía desplegando un amplio operativo con suficiente personal y móviles, la Brigada de Rescate de Bomberos Gral. San Martín en pleno, el equipo de Seguridad Ciudadana y de Defensa Civil Municipal, las empresas de emergencias en salud, las adhesiones de otros municipios, la fiscalía de los tribunales coscoinos, el Jefe Provincial de Defensa Civil e incluso un grupo del CEP de la policía Provincial, a los que se sumaban familiares, amigos y conocidos de las víctimas, un despliegue esperanzado en el milagro, que no se dio cuando la información llegó desde las cercanías al Dique La Isla de Valle Hermoso, ya que la misma consignó que se habían encontrado los cuerpos sin vida, con diferencia de metros, en las adyacencias al Balneario El Peñón del Indio Enamorado.

Una vez más, los arroyos secos de nuestra ciudad se apropiaban de inocentes vidas y el recuerdo se remontaba a los albores de 1996 donde otra tragedia nos conmocionó. No deben repetirse, y como son imprevisibles, todos y cada uno debemos convertirnos en agentes de prevención y divulgación del peligro que representan los cursos de aguas serranos cuando entran en crecida.


Sin explicaciones


El hecho trágico no tiene explicaciones. Tras su suceso, se han escuchado hipótesis y conjeturas sobre lo que probablemente aconteció, pero no hay testimonio fehaciente alguno que pueda echar luz sobre el qué pasó.

Lo cierto, es que los humanos confiamos en esta máquina casi perfecta que somos, teniendo además la posibilidad de discernir sobre el riesgo a correr, lo que sucede es que cuando arriesgamos no siempre podemos vislumbrar los imponderables. Y en el caso de los arroyos y ríos serranos, sobre todo en un curso seco como este, en el cual es eventual ver correr agua, los imponderables se magnifican, porque a más de la corriente que se puede ponderar a simple vista, se suma el pico de crecida, que en la mayoría de los casos es sorpresivo, y lo que el caudal arrastra, ramas, piedras y demás. No es menos cierto, que el canal, cuando lo observamos, se encontraba limpio, pero se desconoce lo que la crecida puede haber arrastrado, sobre todo si consideramos que escasas cuadras arriba podía verse que las consecuencias del torrente habían producido profundas grietas en las calles, acumulando piedras de dimensiones sobre las arterias asfaltadas.

Esos escasos tres metros a atravesar, esos casi dos pasos a transitar con rapidez, tuvieron un imponderable de por medio y hundieron a una familia en el dolor y a todo un pueblo en la consternación.

Una vez más, la naturaleza desmadrada vuelve a imponernos la condición de respetarla, de internalizar que los arroyos y ríos serranos son una verdadera incógnita y que tenemos que tomar todas las previsiones antes de adentrarnos en sus cursos.

Vayan nuestras condolencias para las familias sumidas en el dolor, y como homenaje a estas inocentes víctimas que mantengamos fresco siempre su recuerdo en nuestras memorias para que no volvamos a tener que sufrir pérdidas irreparables en circunstancias prevenibles.


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