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Lugar: La Falda, Córdoba, Argentina

El titular ha superado los 25 años en la actividad periodística, habiendo participado de los medios gráficos de la región, ha sido director de medios radiales y ha hecho televisión, fue corresponsal de La Voz del Interior.

domingo, 5 de abril de 2015

Los conceptos de Nación y Territorio con referencia a las Islas Malvinas

Por Alberto E. Moro

La única evocación posible de la efemérides, debe ser la digna, silenciosa y solemne memoria de los caídos en esa guerra absurda.

Circula por Internet una imagen impactante del cono sur argentino, en la que se representa el continente, más el fondo marino hacia el cual desciende, en lo que ha dado en llamarse la plataforma submarina continental. Allí se observa que, geológicamente, las Islas Malvinas son una parte emergente de esa plataforma innegablemente asociada al continente. Digo impactante porque al observador desprevenido puede bastarle esa observación aparentemente reveladora para concluir que las Malvinas son argentinas –como bien le ocurrió a quien este escribe hace tiempo-, sin considerar que se trata tan solo de un dato geológico, os cuales no siempre tienen que ver con la geografía política del planeta, sucesivamente cambiante desde el origen de los tiempos.
Nos conviene entonces, para profundizar el tema, tener en cuenta las sutiles diferencias existentes entre los conceptos de nación y territorio
La “nación” no es en esencia más que el lugar donde uno ha nacido, concepto que no es más que una creación política de los seres humanos, de carácter cultural y no fundada en argumentos geológicos ni antropológicos, aunque sí históricos y sociológicos, si la sociología es la ciencia que estudia la conformación de las sociedades humanas y su dinámica interna. Es un concepto espacial abstracto.
El “territorio” (la tierra), es el asentamiento concreto donde un grupo humano ha heredado su presencia, instalándose y creando límites geográficos que lo identifican por oposición a otros espacios similares ocupados por otros seres humanos que no pertenecen a su etnia o a su nacionalidad. Es la tierra sólida propiamente dicha.
La geografía o división “política” por lo tanto, tiene que ver con las fronteras que han trazado en el mapa sus habitante en tiempos remotos o recientes, generalmente derivadas de guerras o acuerdos, y que se verán o no consolidadas en sus características por factores tales como la fecundidad de sus habitantes, los procesos migratorios e inmigratorios, la eficacia de sus gobiernos, o las siempre acechantes probabilidades de nuevas guerras o conflictos internacionales en los que se vean involucrados.
El status territorial, en las dimensiones temporales de la historia, ha cambiado y cambiará innumerables veces, como siempre ha sucedido a lo largo de los siglos. El sentir general de las personas es, curiosamente, el de que las cosas son inamovibles en este aspecto, con la tendencia a suponer que deben ser y serán siempre como ellos las han conocido desde su nacimiento, con los “injertos” mentales –me disculpo por la metáfora- que han recibido a través de la escuela y la cultura viva de su pueblo. Para la mayoría de las personas, todo lo sucedido en los tiempos anteriores a su nacimiento es un maremágnum un tanto confuso e impreciso, sin una verdadera conciencia de su secuenciación temporal.
Pero si miramos bien hacia atrás y profundizamos en el conocimiento de la historia, veremos que, a escala secular, nada fue, ni es, ni será para siempre en cuanto a los límites políticos y geográficos. Para no entrar en pormenores más o menos localistas, basta pensar en todos los grandes reinos e imperios de los cuales tenemos noticias, tan extensos que en alguno de ellos llegó a decirse que jamás se ponía el sol al mismo tiempo en todo su territorio. Y todos ellos, sin excepción fueron engullidos por la historia, que los eliminó congelándolos en el tiempo.
Hoy mismo, la gente en general considera a la recientemente unificada Europa como una entidad inamovible e inconmovible, la fuente imperecedera de la cultura occidental. Y muy pocos observan que la islamización del viejo continente, con el consiguiente cambio de cultura, es casi un hecho que será imposible revertir a causa de los viejos mecanismos bio-antropológicos relacionados con la fecundidad de los grupos humanos. A favor de una ingenua concepción social de multiculturalismo y de un sentido oportunista de obtener mano de obra barata, se ha permitido la invasión del territorio europeo por habitantes del medio oriente y de África, facilitándoles incluso aberrantes pretensiones tales como la de aceptar y facilitar la construcción de escuelas y natatorios por separado para hombre y mujeres, y ni hablar de las numerosas mezquitas levantadas con apoyo gubernamental. Olvidando el viejo dicho favorable a la buena convivencia que expresa: “A donde fueres, haz lo que vieres”.
Esta casi segura islamización y en parte africanización de Europa, que los jóvenes de hoy presenciarán mucho antes del fin de sus vidas, depende básicamente de un factor biológico: la capacidad de reproducción de los pueblos, que es lo que determina el éxito o el fracaso de la instalación de un grupo humano en un territorio que antes no habitaba. Como es sabido, la natalidad en Europa está en caída libre desde hace mucho tiempo; mientras que la fecundidad de los nuevos inmigrantes es notoriamente alta y en ascenso. El predominio poblacional es lo que condiciona los cambios culturales que se avecinan. En un par de décadas la “vieja” Europa ya no podrá jactarse de ser exclusivamente blanca, ni cristiana. El viejo anhelo de la reconquista de Andalucía por parte de los moros se acerca cada vez, pero esta vez con mucha mayor extensión territorial. Así lo han visto en Irán, donde uno de sus clérigos se jactó de haber conquistado Europa sin utilizar la espada.
Así lo acaba de explicar el escritor, periodista y politólogo francés Guillaume Faye, en un artículo rescatado de Internet (1): “Cuando España fue conquistada por los moros, la fecundidad de los españoles de origen permaneció fuerte y las mezclas fueron raras, esto permitió la Reconquista. Cuando el Imperio Romano se hundió, mientras que poblaciones alógenas venidas de Oriente habían entrado masivamente en sus muros, la civilización europea pudo continuar gracias a la reserva demográfica dinámica de celtas y germanos. Hoy no hay nada parecido. Todos los países de Europa tienen actualmente un déficit demográfico, y más de la mitad de entre ellos es presa de una inmigración de asentamiento por poblaciones extra-europeas, musulmanas en un 80%”.
El mismo autor que acabamos de mencionar, extrae de sus convincentes análisis l0 lecciones que por la naturaleza esencialmente breve de este escrito no podemos consignar, pero no resisto la tentación de provocar el pensamiento analítico de los argentinos mencionando tan solo la primera: Un territorio pertenece a quien lo puebla, el derecho del primer ocupante es una quimera. No hace falta decir que al publicar este pensamiento, me estoy refiriendo a las Islas Malvinas, y a la necesidad de analizar en profundidad la problemática a ellas referida.
Periódicamente, los políticos agitan banderas de guerra con motivo de esa ocupación ocurrida en 1833, momento en que la Argentina no estaba en condiciones de defender la soberanía sobre ese territorio obtenida hacía apenas 10 años, no obstante la valiosa gestión de un prócer olvidado como lo fue Luis Vernet (Hamburgo 1791- San Isidro 1871) primer y único Comandante Político Militar argentino de las Islas Malvinas. Hoy mismo, muestro gobierno emite una billete en moneda nacional pretendiendo exaltar la figura del gaucho Rivero, un peón de campo que junto a otros ocho forajidos asesinaron a cinco colonos, no por patriotismo sino por estar disconformes con la forma en que se les pagaba. Capturados y sometidos a juicio, fueron sin embargo liberados más adelante por los ingleses en Montevideo.
Los habitantes de las Falklands-Malvinas llevan allí varias generaciones y tienen una identidad definidamente británica. Un accionar inteligente, con el que se amagó tardíamente, hubiera sido llevarse bien con ellos y poco a poco ir poblando las islas de argentinos con ganas de procrear.
Una vez más se celebra o conmemora –deberíamos hacer duelo sin usar esa tragedia para el patrioterismo político- la momentánea recuperación de las Malvinas por parte de uno de los gobiernos de facto de la República Argentina con una irreparable y totalmente injustificada pérdida de vidas de jóvenes que fueron reclutados para la guerra sin las debidas prevenciones y equipamiento, con graves fallas en los pronósticos estratégicos, lo que los llevó a una derrota catastrófica.
La única evocación posible de esta efemérides, debe ser la digna, silenciosa y solemne memoria de los caídos en esa guerra absurda, condenada al fracaso desde antes de iniciarla, y cuya única finalidad fue la de obtener una lógica aunque efímera adhesión popular ante la inminencia del derrumbe.
No hay lugar para el triunfalismo. De la sangre derramada inútilmente, del sacrificio no reconocido, de eso se trata.

(1) Guillaume Faye | febrero 27, 2015 en 1:41 am | Categorías: Internacional
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